Capítulo 20

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Rara.

Es la única sensación que se me vino a la mente.

Bueno, no solo rara; increíble, tranquila, segura, hogareña, dolorosa, victoriosa... Ni idea. Jamás había dormido así. Jamás me había despertado así. Con su brazo alrededor de mi cuerpo. Pegada a él. Más bien, encajada. No sé quién era más grande, si el cojín que agarró anoche o yo.

El caso es que estaba ahí, y no había dormido peor en mi vida.

No me malentiendas; dormir con semejante hombre del que estaba pilladísima era algo así como un regalo del universo después de todo. Nos abrazamos. Ni siquiera nos besamos o el tema fue más allá de rodearnos con los brazos. Me encantó.

Y me gustó mucho más el hecho de que se durmiese murmurando "gracias", a pesar de no haber hecho yo absolutamente nada. A pesar de que yo era quien debía agradecerle que se abriese a mí. Qué cosas.

Pero claro, quizá suene fácil e idílico eso de dormir con la persona que te gusta. En todos los libros que había leído en mi vida, se redactaba así; maravilloso. Pues no. Es un auténtico infierno. Al menos, si eres como yo.

Me daba miedo moverme, porque a eso de las tres de la madrugada, estiré la pierna y me arrimó con un gruñido que me puso los pelos de punta.

Me daba miedo respirar fuerte. Roncar. Tirarme un pedo. ¡Imagínate qué vergüenza!

Entonces me limité a mirarlo. A acariciarlo. Era... era dolorosamente guapo a cualquier hora del día, pero durmiendo...

Dios. Quise sacarle una foto, imprimirla en una funda y ponerla en mi almohada para abrazarla de por vida. Así de guapo, para que te hagas una idea.

Pero como digo, no todo es tan maravilloso. Abrió los ojos de par en par y me pilló mirándolo como una auténtica lunática. Y lo único que el pobre pudo decir fue, con el ceño fruncido:

—¿Estás bien?

No. Claro que no estaba bien. "¿Y tú? ¿Estás bien contigo mismo siendo tan guapo y buena persona?"

—Sí, claro. Buenas noches.

Lo que decía, un auténtico infierno.

Además, no dejaba de darle vueltas a nuestra conversación. A lo de su madre. Joder, ¡Incluso se disculpó por no venir el día de nochebuena a mi casa! ¿Cómo poder enfadarme con él? ¿Cómo poder llegar a odiarlo?

Entonces me percaté de que aun estando en una situación familiar y propia tan complicada, estaba ahí, conmigo. Se había sincerado...

Su madre estaba recibiendo quimioterapia, pero no dio ningún indicio de tener una relación normal con su familia. No pude evitar preocuparme bastante por su situación.

No sé si me pasé toda la noche despierta, pero no tuve recuerdo de haberme dormido en ningún momento.

El caso es que amaneció, y casi chillé como una tonta por tener su poderoso brazo a mi alrededor.

En serio. Vaya. BRAZO.

Largo, musculoso, cubierto de vello, las venitas de la mano marcadas... Dios. ¡Cuánto me gustaba este hombre! Iba a volverme loca.

Me giré hacia él y de nuevo comenzó a gimotear.

—No te vayas —soltó de pronto.

<<Joder, si me lo pides así, me esposo a la cama para siempre>>.

Puse un puchero y no tardé en acurrucarme a su lado, soltando una risita.

—Tranquilo, no me voy a ningún lado.

SIZIGIA ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora