Nos besamos en el banco. Nos besamos a lo largo del paseo, de la calle, en un callejón oscuro y tenebroso y ahora frente a la puerta de su casa.
Él tenía las mejillas encendidas, al igual que la punta de la nariz, y los labios inflamados y rojizos.
Me declaro totalmente culpable.
Me dedicó una de esas miradas inocentes, pese a haber estado haciendo conmigo algo para nada inocente durante los veinte minutos de trayecto desde el banquito del lago hasta su vecindario.
—Será mejor que pare —murmuré, ya que en los dos minutos que llevábamos frente a la puerta, no había conseguido atinar con la llave. Él sonrió, vergonzoso, luego de codearme suavemente.
Sentí que entraba en la mismísima gloria cuando pisamos el interior de la casa de los Walker. El frío que hacía era descomunal.
¿Por qué leches pensaba que Colorado era un estado en el que era verano durante los doce meses del año? ¿Y por qué leches había sido tan estúpida de haberme llevado un jersey negro fino como la prenda más abrigada?
Qué pena. Tendría que meter mano en la maleta de Maxon y apoderarme de alguna sudadera suya...
—¿Quieres una infusión o un vaso de leche caliente? —me ofreció, quitándome el abrigo (ah, cierto, realmente esa era la prenda más calentita que me había traído, pero igualmente iba a robarle ropa. Porque sí. Y punto.) y dejándolo en el colgador, cuando le lancé una miradita. Él rodó los ojos.
—¿Qué? ¿Por qué me has mirado así? —susurré, ofendida.
—Porque está claro que quieres sonsacarme algo.
—¿Cómo puedes dudar de mí y mis intenciones con lo buena per...?
—Olive —me interrumpió, y como siempre que pronunciaba mi nombre así, con ese tono autoritario, cerré el pico y me tembló el labio inferior.
—¿Qué? —tuve la osadía de responder. Maldita contestona.
Acunó mis mejillas e inclinó el rostro, suspirando.
—Que te conozco. ¿Qué quieres?
—¡No quiero nad...!
—Olive...
—Un café bien frío. Con dos hielos a poder ser y mucha, mucha leche. Y algo de espuma —sonreí como un angelito y pestañeé durante un minuto seguido sin parar —. Por favor.
Resopló, acercándose a la nevera conmigo detrás de sus talones.
—¿Eso es un sí? —insistí, ilusionada.
—Eso es un no claro y rotundo —contestó, mordaz.
—¿Por qué? —repliqué, indignada.
Sacó de la nevera un brick de leche y un vaso. Yo saqué otro. No iba a ser la única que perdiese la dignidad al beber un vasito de leche caliente —puaj, qué asco— antes de dormir, como los niños pequeños.
—Porque no vas a poder dormir si te metes un chute de cafeína ahora —respondió sin prestarme demasiada atención.
Puse mis brazos en jarra y le fruncí el ceño. Debía parecer tan ridícula que casi le provoqué una carcajada.
¿En serio? ¿Era un gruñón las veinticuatro horas del día hasta que hacía un poco el ridículo?
—Voy a cumplir veintitrés años —refunfuñé.
—Fíjate que bien.
Furiosa, me mordí la lengua y le di un puñetazo en la espalda.
O, mejor dicho, al ver su reacción, un puñito.
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SIZIGIA ©
RomanceDestino. Quizá azar. O es que, simplemente, era tonta de remate. Olive solo necesitaba una cosa: aprobar esa maldita asignatura de alemán que escogió por error en la matrícula de la universidad. ¿El problema? Que no tenía ni la más mínima idea del i...
