Capítulo 4

4.8K 281 54
                                        

Me pasé todo el día en la cama, enterrada en kleenex, rollos de papel gastados, chocolate y mantas.

No había salido de mi habitación en todo el día, y ya eran alrededor de las seis de la tarde. Lo supuse porque empezaba a atardecer y pronto iba a hacerse de noche.

Después de la gran cazada de el asqueroso de mi ex novio —madre mía, ex novio, qué triste era — con Beatrice, se me cayó el mundo. Se me partió el corazón.

Con todo lo que lo había querido, apoyado, todo lo que confiaba en él... y ahora, ¿Así me lo demostraba? ¿Escaqueándose de mi cumpleaños para ver a esa maldita arpía? ¿En serio?

Me sentí una basura. Un deshecho de novia, persona y chica. ¿Por qué me había hecho eso? ¿Acaso no le había dado lo suficiente? ¿Yo no era suficiente?

Pues parecía ser que no.

Estuvo llamándome durante todo el día y mandándome mensajes, diciendo que se arrepentía. Les prohibí a mis amigos entrar en mi habitación, porque no me apetecía hablar con nadie. Me apetecía hundirme en chocolate, pañuelos, mocos y lágrimas.

Aún así, Suki me obligó a bloquear a Blake, porque cada vez que me llamaba o escribía, mi ansiedad aumentaba y no podía parar de llorar. Obviamente, le hice caso.

Pero no podía dejar de pensar en qué querría decirme. Cómo intentaría justificarse. ¿Ya no me quería? ¿Era eso?

Quizá no quería hacerme daño... ¿No? Y decidió no decírmelo directamente.

Pero estaba rota. Me había roto en mil pedazos.

Y no veas cuando se lo dije a mi madre... casi le dio un paro cardíaco. Porque Blake era el nuero perfecto: enfermero, buen puesto, buen sueldo, guapísimo y, al parecer, un cabrón.

Sí. Odiaba decir palabrotas, pero ese día... me salió fuego por la boca. Porque había llorado demasiado, había sentido demasiado dolor, y sentí que la única manera de acabar con él era cabreándome.

Finn fue a estudiar para su examen de artículos periodísticos —la única asignatura que no compartimos porque X idiota se apuntó a la asignatura en alemán— a la biblioteca. Supuse que habría quedado con Jess.

Era una amiga horrible, ni siquiera le había preguntado qué tal le fue con ella.

Y Suki aprovechó para ir a por cena a mi italiano favorito, a dos manzanas de aquí. Con lo cual... estaba sola.

¿Qué hice?

Gritar. Como una loca.

Rompí todas nuestras fotos juntos. Tiré todos los ositos de peluche que me regaló a la basura, y cuando terminé con mi arrebato, rompí a llorar de nuevo. Es que... yo lo quería. Lo quería un montón.

Yo ya daba por hecho que llegaríamos al altar juntos, que tendríamos dos monstruillos de ojos verdes y uno de ellos sería médico y el otro director de cine. Sí. Y compraríamos una casa cerca de un lago o lleno de naturaleza. No sé por qué pero se me había metido en el cogote que necesitaba vivir cerca de un maldito lago.

Aunque ya... ya ni siquiera me apetecía ir en navidades a la casa de verano de Suki. ¿Para qué? ¿Para ver a Beatrice con mi exnovio llamándose cualquier cosa guarra? No, gracias. Para eso me quedaba en mi cama bien arropadita y llena de mocos y lágrimas.

Mejor sola que mal acompañada dicen... ¿No?

Suki: Estoy en el restaurante, y parece ser que una familia ha decidido cenar como si en dos horas fuese a haber un apocalipsis zombi. En fin... ¡Lo siento! Intentaré llegar lo antes posible.

SIZIGIA ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora