Olive
Llevaba un día entero evitando a todo el mundo, llegando a agobiarme tanto que tuve que apagar el teléfono para no recibir mensajes. Ni de Liam, ni de mis padres —no quise enterarme de lo que esta vez me exigían—, ni de mi hermano ni de Maxon.
Sentía un hueco en el pecho. ¿Eso... era posible? Ni idea. Lo cierto es que lo tenía. Como si todos los seres humanos dotásemos de una válvula en el corazón y la mía se habría roto, y no para de salir sangre, recuerdos, cariño, mucho dolor, poca esperanza.
Todo.
Tenía que entretenerme de alguna manera, así que, para calmar mi rabia y decepción, decidí hacer una tarta. Una tarta siempre viene bien. Una tarta siempre te anima. Una tarta siempre sirve para ponerte de azúcar hasta el culo y sentirte menos triste.
Saqué varios ingredientes; huevos, yogur, pepitas de chocolate... Escalé la encimera de la cocina para poder alcanzar la harina y el azúcar, que estaban en el estante más alto de nues... mi cocina.
Al agarrarme al estante, mi pie izquierdo resbaló en la vitrocerámica y me caí de bruces al suelo.
Maldije en voz baja y no tengo recuerdo de haber dicho tantas palabrotas en mi vida. Intentando levantarme, fui a apoyar el tobillo derecho en el suelo, pero pegué tal grito doloroso que se me escaparon unas cuantas lágrimas.
Genial, ¿Y ahora qué hacía?
Desde luego que ir a urgencias, pero ¿Llamaba a alguien? ¿Suki, que estaba ocupada con Liam llenando el piso? ¿Finn, que ni siquiera quiso despedirme de mí y vive en otro mundo desde que sale con Jess? ¿A mis padres, que no quieren saber nada más de mí?
Tardé un rato en darme cuenta de que nunca me había sentido tan sola. Quiero decir, muchas veces me había sentido sola. Incluso cuando tenía muchos amigos. Pero... nunca me había llegado a agobiar tanto al ver que mi alrededor prácticamente estaba destruido.
En el piso en el que vivía con mis dos mejores amigos, ahora solo vivía yo. En la casa en la que vivía con mis padres, ahora solo viven ellos; porque una tuvo que irse a la universidad y porque al otro no lo querían como era.
Mi primer novio me puso los cuernos y el chico que más me ha gustado en mi vida me mintió diciendo que estaba colado de mí cuando tiene una maldita novia.
¿Qué me quedaba? O, mejor dicho, ¿Quién me quedaba?
Pegué las rodillas en mi pecho y sollocé como nunca. Seguramente, los vecinos se quejarían enseguida, pero no me importaba. Llevaba tal estrés y tantos pensamientos negativos encima, que ni siquiera era capaz de darme cuenta de que me había retorcido el tobillo.
A veces, las heridas personales duelen mucho más que las físicas. Demasiado. Y, la parte mala, es que de las personales tardas demasiado en recuperarte. Y cuesta mucho más si no eres capaz de pedir ayuda.
Me limpié las lágrimas, temblando, agarré mi abrigo y llamé a un taxi para ir a urgencias.
El edificio estaba al lado de la universidad, así que por suerte podrían mirarme la gran mancha morada y rojiza que tenía en el interior del tobillo antes de que fuese demasiado tarde.
No era la primera vez que me retorcía el tobillo, pero sí que era la primera vez que en mitad de un ataque de ansiedad me retorcía uno. Y la verdad es que el dolor mental actuó como una anestesia.
De no ser por los dos ojos llenos de lágrimas que tenía en la cara, no habría sido consciente del balón de rugby que tenía como tobillo.
Al bajar del taxi, cojeé y di saltitos ridículos para llegar a la recepción, donde un chico —no muy agradable, puestos a ser sinceros — me indicó que debía sentarme en la sala de espera.
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SIZIGIA ©
RomanceDestino. Quizá azar. O es que, simplemente, era tonta de remate. Olive solo necesitaba una cosa: aprobar esa maldita asignatura de alemán que escogió por error en la matrícula de la universidad. ¿El problema? Que no tenía ni la más mínima idea del i...
