Livvie
—Podemos venir otro día —propuse, por si gracias al universo decidía cambiar de opinión en último momento.
—Ya estamos en el ascensor.
—Pero... ¡Podemos venir cuando sea!
—Dijo que quería que la visitáramos pronto —me recordó, recostado en el ascensor, tan atractivo como siempre si no era más.
Me crucé de brazos y lo miré molesta.
—Odio que seas tan perfecto. No es justo.
Una de sus comisuras subió y tiró disimuladamente de mi cintura, dejándome entre sus piernas.
—Lo siento, pero he pospuesto demasiado ver una foto tuya de pequeña en la bañera.
Codeé su costado de broma y me hice la enfadada, dándole la espalda, aunque no sirvió de mucho porque empezó a darme besitos por el cuello y sabía perfectamente que me volvía muy vulnerable con eso.
—Para —gruñí.
¡Así no podía hacerme la enfadada!
—No.
Siguió besándome el cuello y al final acabé resoplando. No iba a ser yo la que le impidiese besarme el cuello.
Si tanto insistía...
Cuando la puerta del ascensor se abrió, automáticamente nos separamos, ya que la abuela Vivian estaba frente a nosotros con la puerta de su casa abierta de par en par y con una sonrisa del tamaño de la torre Eiffel, cómo no.
¿Qué importa que puedan robarte cuando tu nieta y su novio están subiendo por el ascensor?
Al parecer, nada para la abuela Vivian.
La sonreí nada más verla tan emocionada, y me acerqué a ella.
—Abuel...
—¡Pero fíjate qué altura! ¡Vaya hombre, por Dios! —dijo, pasando olímpicamente de mí y agarrándole del brazo a Maxon.
Lo que faltaba.
—¡Es más guapo en persona que en el cacharro electrónico ese, incluso! ¡Livvie, vaya suerte que tienes! —exclamó, totalmente embelesada por el físico imponente de Maxon.
Hablando del rey de Roma, tenía los pómulos ligeramente encendidos mientras intentaba sonreír con naturalidad.
Casi se me cayeron las bragas.
"Y tanto que había tenido mucha suerte, abuela".
—Encantado de conocerla por fin —dijo, tendiéndole la mano, que de nada sirvió porque mi abuela tiró de su brazo arrastrándolo hacia el interior de su piso.
Maxon me echó una mirada de auxilio y yo fruncí el ceño. Genial, me iba a tocar ser la planta de la conversación.
—Puedes sentarte ahí, ahora vengo, que voy a traerte algo para beber. ¿Qué te gusta?
Estaba claro que Maxon iba a tener que acostumbrarse a la explosividad de mi abuela, porque realmente eran el día y la noche. Si yo le parecía "un rayito de sol parlanchín e hiperactivo" (Dicho por él, que const... Ay, era tan tierno cuando lo decía con el ceño fruncido...), mi abuela lo era por dos.
Los dos tomamos asiento en uno de sus sofás beige, con vistas hacia un televisor algo antiguo —pero para la abuela idóneo para ver sus telenovelas turcas y latinas — y alguna que otra plantita.
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SIZIGIA ©
RomanceDestino. Quizá azar. O es que, simplemente, era tonta de remate. Olive solo necesitaba una cosa: aprobar esa maldita asignatura de alemán que escogió por error en la matrícula de la universidad. ¿El problema? Que no tenía ni la más mínima idea del i...
