Capítulo 17

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El trayecto a casa de mis padres fue bastante cómodo, siempre me había gustado viajar en tren. Me ponía muy nerviosa cuando tenía que subir y bajar, siempre pensaba que se me caería la maleta a las vías o mi pie se quedaría encajado entre el asfalto y el primer escalón para subir, pero afortunadamente nunca tuve ningún accidente.

La calma llegaba cuando conseguía un hueco para mi maleta y me sentaba en el asiento indicado —porque, sí, yo era de las que siempre se confundía de asiento y se ponía tan nerviosa que se sentaba en el primero que pillaba—, miraba por la ventana y me acomodaba mientras leía mi libro favorito o escuchaba música con los auriculares.

Siempre era agradable un viaje en tren. Siempre que el destino no fuese la casa de mis padres.

No quería verlos. No quería escuchar la clase de comentarios fuera de lugar sobre mí, mis estudios o mi futuro. Y menos de mi hermano.

La situación era tensa. Aaron a penas estaba en casa, se pasaba el día fuera; entrenando, con Tobby, con amigos o dando una vuelta alrededor del pueblo a solas. De vez en cuando me llamaba. Siempre acabábamos yo nerviosa y él intentando tranquilizarme haciéndome pensar que estaba bien, que no necesitaba nada. Pero a mí con eso no me bastaba.

Como se había sacado el carnet de conducir, me iba a esperar en la estación del pueblo para recogerme y llevarme a casa.

Había hecho unos rollos de canela que, no es por fardar pero, me salían espectaculares. Hice tropecientos, así que les di unos cuantos a Suki y a Finn para que los llevasen a sus casas también. 

Y guardé un par en casa, seguro que cuando volviese estaría tan enfadada que necesitaría una dosis extra de azúcar para calmarme y no odiar a mis padres demasiado.

Agarré mi maleta y la bolsa en la que llevaba los rollos de canela cuando una vocecilla avisó por el megáfono que tuviésemos cuidado con el escalón, que faltaba uno. Genial, con que había más posibilidades de caerme, hacer el ridículo o, directamente, de morir.

Pero ese nerviosismo se disipó en cuanto mis ojos se clavaron en los de un chico bastante más alto que yo y, joder, ¡Estaba fuertísimo! ¿Pero con qué se había estado alimentando últimamente!

—¿Aar? —pregunté, aún ensimismada en el hombre hecho y derecho que tenía frente a mí, dedicándome una sonrisa con cierto orgullo que dejó a media estación enamorada, lo más seguro.

—Fíjate, si parezco el hermano mayor —se regodeó en mi cara, mientras yo ponía los ojos en blanco y me estrechaba contra él — Te he echado de menos, pesada.

—Y yo a ti —murmuré.

A veces era demasiado pesada con él, es cierto. Pero Aaron para mí era tan importante que la sola idea de que estuviese a unas dos horas de distancia me entristecía cada vez que pensaba en ello.

Agarró mi maleta y salimos de la estación mientras me contaba cómo fue la cena de nochebuena con la abuela Vivian. Sin duda, era la persona que más ganas tenía de verla.

—¿Cómo va a tirar el pavo por la ventana? —pregunté, escandalizada.

—Sí, sí. Dijo que estaba harta de que discutiésemos tanto, y como no le hicimos caso, agarró el pavo, abrió la ventana, y lo tiró desde el tercer piso —me explicó con todo tipo de detalle.

Los dos nos quedamos en silencio y dijimos al unísono:

—Simplemente, la abuela Vivian.

No echaba de menos la vida del pueblo en absoluto, pero he de reconocer que tenía su encanto. Las calles adornadas ahora con lucecitas navideñas, los mismos ancianos con los que me cruzaba hace unos años cada vez que iba a comprar, la plaza con el pequeño estanque ahora congelado... 

SIZIGIA ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora