2 Pestillo

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Val

No sé lo que estoy haciendo ni por qué no me he quitado a esta mujer de encima. Nunca he tenido sexo de una noche, mucho menos con una completa desconocida. No puedo evitar pensar que ella es de esas que se acuesta cada noche con una chica distinta.

Pero a la mierda las convenciones sociales. Si Sandra ha podido quebrantar nuestro voto de fidelidad, yo bien puedo dejarme llevar por una vez. Y la cuestión es que me está resultando muy complicado no dejarme arrastrar por la atracción que me provoca el bombón. No solo es atractiva y posee un cuerpo que quiero ver, su arrogancia le da ese aire de concebida para el pecado, de paso huele de forma deliciosa. Su perfume, sea cual sea, evoca en mi mente la imagen de un arroyo de agua fresca, musgo y madera, un bosque virgen e inexplorado, salvaje. Hace que desee hundir la cara en su cuello y llenarme los pulmones con su aroma. Pero, sin duda, lo más preocupante es que cuando sus dedos han rozado mis braguitas me he puesto a rezar para que las apartara y siguiera su camino hacia mi interior.

Definitivamente, estoy derretida.

—Me siento utilizada.

Su sonrisa contradice la seriedad de sus palabras. Sus manos regresan a los bolsillos. El gesto me decepciona, muy a mi pesar.

—Seguro que sí.

—Suena como si fueras aprovecharte de mí, me dijo.

Se me escapa una carcajada.

—Dudo mucho de que ninguna mujer pueda aprovecharse de ti, pero buen intento.

Acto seguido sus manos se anclan a mis caderas y me arrastra hasta el borde del taburete. Lo siguiente que sé es que la tengo entre las piernas y una pierna presiona con fuerza contra mi sexo, que se humedece por el contacto.

—Ni siquiera lo estaba intentando.

—¿Y ahora sí? —articulo con esfuerzo, y agradezco estar sentada o de lo contrario me hubieran fallado las rodillas.

Ella presiona un poco más su cuerpo contra el mío y ese nuevo roce enturbia del todo mi razón. Su boca captura el lóbulo de mi oreja, su lengua se enreda con él; succiona, muerde y lame, y yo me olvido por completo de que estamos en un lugar público. Emito un quejido cuando se detiene para susurrarme al oído: Ven

Juls

Tomo su mano y me separo lo suficiente para que pueda bajarse del taburete. En cuanto sus pies tocan el suelo, la estrecho de nuevo contra mi costado y echo a andar entre la gente. De repente no puedo dejar de pensar en otra cosa que no sea comermela y meterme en ella tan profundo como sea posible. Toda su resistencia se limita a enarcar las cejas cuando atravesamos una puerta con un letrero que reza: Solo empleados. No hace preguntas, aunque dudo mucho que fuera capaz de responderlas en este momento.

Me cuelo en el despacho de Joaquin, El Tigre , dueño del club, y soy consciente de que si me encuentra aquí será mi última noche en este trabajo. Pero ni siquiera la posibilidad de verme en la calle me disuade. El deseo que ruge en mi pecho es voraz, casi primitivo, y estoy más que dispuesta a saciarme, aunque eso suponga regresar a mis antiguas rutinas; algo que, por otro lado, no me resulta demasiado agradable.

Cierro la puerta y suelto su mano para asegurarme de que el cerrojo cumple su función. Casi me da miedo girarme y mirarla, porque si descubro dudas en su mirada, acabaré, como mínimo, destrozando la habitación para aplacar la exigente necesidad que me ha poseído. Es obvio que no haré nada que Val no quiera que haga, solo rezo para que ella quiera exactamente lo mismo que yo.

Pero cuando me doy la vuelta descubro en sus ojos el mismo deseo incendiario que me quema por dentro, el mismo anhelo, la misma hambre incontenible.

«Estás perdiendo la cabeza», me digo.

Hasta AquíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora