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Val

Odio tener que enfrentarme sola a una clase. En realidad, Sandra debería estar aquí haciendo su trabajo y mi presencia servir únicamente de apoyo, pero la reunión mensual con el Decano se ha convertido en la excusa perfecta para abandonarme a mi suerte frente a sus alumnos.

Mi paciencia se esfuma por completo cuando, a mitad de la sesión, dedos mágicos entra en el aula y toma asiento en la última fila.

«Deja de usar ese apodo con ella», me reprendo, porque el alias consigue que mi mente se pierda en el momento exacto en que se ganó ese sobrenombre.

Me aclaro la garganta y trato de aparentar desinterés.

—Usted —la señalo—, no está permitido el acceso a alumnos no matriculados en esta asignatura y menos aún interrumpir una clase.

Las cabezas de los alumnos se giran para comprobar a quién me estoy dirigiendo y ella les dedica una sonrisa y saluda moviendo sus dedos, satisfecha con la atención que está recibiendo. Me cruzo de brazos a la espera de que abandone el aula, pero no hace ademán de levantarse.

—¿Me ha oído?

Asiente, sin dejar de sonreír.

—Mis oídos funcionan a la perfección.

—Puede marcharse —le digo, sin poder evitar perder la compostura.

El resto de estudiantes asiste divertido a nuestra pequeña disputa. Escucho risitas, pero no les presto atención. ¿Por qué demonios no se marcha de una vez?

—El otro día no parecías tan interesada en perderme de vista —suelta, reclinándose contra el respaldo de la silla.

Los murmullos aumentan de volumen. La cara me arde, no sé si por vergüenza o debido a la ira que ha comenzado a arremolinarse en mi estómago. ¿Cómo se atreve?

Aprieto los labios mientras busco una respuesta adecuada a su insinuación.

—Señorita...

—¡Por fin vas a preguntarme mi nombre!

Más risitas.

Avanzo con decisión por el pasillo lateral.

—¡Fuera de la clase! —le ordeno al llegar hasta ella, intentando controlarme para no acabar de perder los estribos del todo.

Se limita a tenderme un papel y su tranquilidad empeora aún más la situación. Me pregunto en qué estaba pensando la otra noche al liarme con ella, solo para darme cuenta de que no estaba pensando en absoluto.

Echo un rápido vistazo a la hoja, un impreso con la firma del profesor titulado de la asignatura, es decir, de Sandra, en el que autoriza la inscripción a su clase de una tal Juliana Valdes.

¿Juliana? ¿Es así como se llama?

Mi enfado supera el cosquilleo extraño que me provoca el hecho de conocer por fin su nombre. No entiendo por qué Sandra ha accedido a admitirla una vez pasado el periodo de admisiones ni cómo ha conseguido hablar con ella y convencerla en apenas media hora que llevamos de clase.

—Señorita Valdes, acompáñeme al pasillo un momento, por favor —repongo, y, aunque podría parecer una petición educada, mi tono deja claro que no tiene otra opción que obedecer.

No se molesta en apresurarse a cumplir la orden. Se toma su tiempo para levantarse e intercambia conmigo una larga mirada antes de dirigirse a la entrada. Sus ojos parecen atravesarme y un escalofrío recorre mi espalda, provocándome un estremecimiento.

—¿Qué demonios está haciendo, señorita Valdes?

—¿Ya no nos tuteamos? —replica ella, una vez en el pasillo. Y hace un puchero.

Hasta AquíHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora