10 Turno

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Val

Al llegar a casa de Ivana me la encuentro atrincherada en el sofá con Piña, su compañera de piso y una de las pocas amigas con las que cuento en el campus además de la propia Ivana. En realidad, mi círculo más íntimo es bastante reducido: Ivana, Piña, su novia Amanda y Jacob. El hecho de que se reduzca a dos parejas me deprime un poco en mi actual situación, pero les regalo una sonrisa cuando ambas se giran hacia la entrada y me dan la bienvenida con los brazos en alto y varios grititos de emoción. Diría que su entusiasmo se debe a que Piña ha pasado unos días fuera con Amanda, pero no las tengo todas conmigo.

—Le conté a Piña nuestra emocionante salida del otro viernes —comenta Ivana, y comprendo de inmediato el caluroso recibimiento que me han brindado.

—¿Por qué siempre ocurre todo cuando yo no estoy? —se queja Piña—. La siguiente no me la pierdo.

Antes de contestar, busco un hueco en el perchero de la entrada y cuelgo mi bolso.

—No creo que vaya más a ese lugar.

—Por lo que sé, te lo pasaste realmente bien —se burla Piña.

Ivana y ella se parten de risa mientras yo me acerco y las empujo para que me hagan un hueco en el sofá. A pesar de que no es ni media tarde, hay todo un despliegue de chucherías, papas fritas y helado sobre la mesa del salón; normalmente esperan a la cena para sacar la artillería pesada en lo referente a comida basura.

—¿Qué celebran? —les pregunto, aunque tampoco es que necesiten un motivo.

No he visto a dos personas a las que le dé tanta alergia todo lo que sea sano. Aún no he conseguido arrastrarlas a correr conmigo, y eso que odio correr sola.

—Tu vuelta a los escenarios —tercia Ivana, demasiado eufórica para mi gusto—. Tienes micro en el (dos uno dos) 212 para el viernes.

—Y no vale poner excusas —interviene Piña, antes de que pueda abrir la boca para protestar—. Amanda también viene.

Durante el primer año de universidad fue Ivana la que me empujó a subirme al escenario del 212 y, desde ese momento, ha sido siempre ella la que me reservaba un sitio de vez en cuando ya que conocía a Deborah la dueña del local.

—No sé si estoy de humor —les digo, y ambas amagan un puchero a la vez.

No puedo evitar reírme. Aunque sus artimañas no suelen funcionar conmigo, en el fondo tengo ganas de volver a cantar. En realidad, tengo ganas de hacer todo lo que no he hecho durante mi relación con Sandra. ¿Cuándo dejé de hacer lo que me gustaba?

Mientras tratan de convencerme para ir al dos uno dos el viernes, me sobornan con helado de chocolate y galleta, y, cuando es evidente que la salida es un hecho, Ivana pasa a contarnos sus anécdotas diarias del hospital. Es una fuente inagotable de chismes y escándalos; Anatomía de Grey es un juego de niños al lado de las cosas que le han sucedido durante su residencia. Ninguna me pregunta por Sandra, algo que agradezco, no tengo ganas de hablarles de su intento desesperado de que volvamos.

—Adivinen con quién pacté para tutoría —les digo, a riesgo, de que lo que piensen, aunque Piña es capaz de ver la aparición de Juliana en mi clase como una señal divina para que me ligue con ella.

Ivana toma mi mano entre las suyas con desmedido dramatismo.

—Dime que es Michel. Ese man no puede estar más bueno.

La pasión de mi mejor amiga por el fútbol soccer va mucho más allá de lo estrictamente deportivo. Lleva meses buscando una excusa para presentarse al capitán del equipo de Fut de la universidad.

Hasta AquíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora