—No pasa nada malo tranquila... se puso de pie y le pidió que la siguiera, caminaron y llegaron a lo que seria la estación de metro directa de la NYU. Juliana le tomó la mano, le sonrió y le dijo —Vamos en subway pero no pasa nada malo es que el trafico en NY es muy fastidioso.... Se detuvo el vagón del metro, abrieron las puertas y Juls jaló a Valentina dentro. Listas para lo que viniera.
Pero un fantasma visitaba la mente de Valentina, pensando que aunque se muestre agradecida no significaba que continúe deseando estar con ella. Sin embargo, sea como sea, saber que la ha ayudado supone la mejor de las recompensas.
El vagón del metro, se convirtió en su refugio personal. El traqueteo era un ritmo de fondo para el corazón acelerado de Valentina. Sentadas en los asientos de vinilo, con las manos entrelazadas, sintieron que la distancia de dos años se esfumaba con cada kilómetro.
-Valentina se inclinó. -Juls, en serio. ¿De dónde sacaste para pagar los préstamos? Me asusta que estés metida en algo peligroso.
Juliana sonrió, una sonrisa de paz que Valentina no le había visto en años.
-Nada peligroso, Val. Solo... un golpe de suerte. O más bien, un golpe de destino.
Esperó a que el metro hiciera una parada, y cuando las puertas se cerraron, reanudó en voz baja y confidencial. "La dueña del restaurante donde nos vimos anoche, el Petit Café, Miss Longoria, murió hace unos meses y, para mi total sorpresa... me lo dejó todo.
Los ojos de Valentina se abrieron. -¿Todo? ¿El café?
El Legado de Miss Longoria, La mujer que había cambiado el destino de Juliana, la conocían simplemente como Miss Longoria. Era una mujer adulta elegante, dueña de varias propiedades en Manhattan, incluido el restaurante Petit Café.
Cuando Juliana llegó a Nueva York, asustada y sin un céntimo, Miss Longoria le dio trabajo como camarera en el café. Desde el primer día, la vio no como una empleada, sino como un proyecto. Miss Longoria había enviudado joven y nunca tuvo hijos; su pasión era coleccionar arte y, discretamente, apoyar causas de superación. Pronto, la relación pasó de patrona a mentora. Miss Longoria se dio cuenta de varias cosas:
Juliana trabajaba sin quejarse y siempre pedía más responsabilidades. No se conformaba con ser camarera; siempre estaba tomando notas y preguntando sobre la gestión de inventarios y los márgenes de ganancia. Pero lo que mas le impacto fue la ambición de Juliana, su insistencia en terminar su carrera de negocios en la NYU incluso trabajando a tiempo completo, lo que la impresionó. Ella la veía estudiar en una esquina del café cada vez que podía. Además Juliana manejaba la caja con absoluta pulcritud y nunca se aprovechaba de la confianza que le daban, vio que la joven no solo era hábil en el café, sino que también defendía los intereses del café como si fuera suyo.
Una noche, Juliana se atrevió a presentarle un pequeño plan de negocios para optimizar los gastos del café. Miss Longoria sonrió, conmovida por el descaro y la inteligencia de la joven. "Eres una joya, Juliana Valdes," le dijo Miss Longoria una tarde. "Tienes la inteligencia y el corazón de una empresaria, y la voluntad de hierro de alguien que ha pasado por el fuego. Necesitas una oportunidad, no una limosna." A partir de ese día, Miss Longoria la apadrinó, pagando su matrícula en la NYU y el préstamo que le habían dado en Mexico, la invitó a mudarse a un apartamento dentro del edificio, donde vivia ella, a lo que Juliana no pudo negarse. Cuando Miss Longoria murió inesperadamente tres meses atrás, el testamento se leyó, revelando la cláusula de la herencia: le dejaba a Juliana el Petit Café, el edificio y su fortuna, con la única condición de que terminara sus estudios en la NYU. Era su última lección: una base sólida y una educación formal para proteger su futuro, un legado forjado por la admiración a la tenacidad de una joven que, a pesar de haber perdido todo, solo miraba hacia adelante.
ESTÁS LEYENDO
Hasta Aquí
RandomUn poco de todo, intensidad y romance. Al final, eres un cielo, un cielo lleno de estrellas, mi cielo, mis estrellas.
