9 Aparentemente

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Val

Juliana abandona el aula con tranquilidad. Mantengo la vista fija en el final de su espalda hasta que traspasa el umbral a pesar de que siento los ojos de Sandra atravesándome. Solo cuando empieza a hablar traslado mi atención a su rostro.

—¿Estás con una alumna? —pregunta, y el desprecio es evidente en su voz.

—No es mi alumna, es la tuya, y has sido tú la que la ha admitido fuera de plazo.

Le tiendo una carpeta con los ejercicios de la última clase, que debería haberle dado hace días si no fuera porque he estado rehuyéndole. Ni siquiera la mira.

—Tiene un expediente brillante, claro que la he admitido.

Procuro no resoplar. Ella siempre tan preocupada por el nivel de sus alumnos y lo que sus notas dicen de la clase de profesora que es; preocupada por todo menos por mí.

No digo nada, no tengo nada que decir.

Lanzo la carpeta sobre uno de los asientos y cruzo los brazos, a la espera, y ella parece apartar a un lado el tema de Juliana de momento.

—Valentina... —Titubea, y comprendo lo que está a punto de decir incluso antes de que abra la boca de nuevo—. Podemos arreglarlo.

Me entran ganas de reír.

Me cuelgo el bolso del hombro y me encamino a la puerta. Me duele que las cosas tengan que terminar así y, sin embargo, con cada minuto que paso frente a ella, mi interior se vuelve más y más frío. El dolor se mezcla con la rabia y no soy capaz de ver en ella nada de lo que antes me atraía, como si, al descubrirle en aquella cama con otra, la mujer que yo conocía hubiera desaparecido por completo. Solo que no es así. Ella sigue siendo Sandra y yo no tengo ni idea de quién soy en realidad.

—Solo fue una vez —me dice, alzando la voz, y yo me detengo a pocos pasos de la puerta—. No fue más que una vez, no significó nada.

Giro sobre mí misma, la ira arremolinándose en la boca de mi estómago. Aprieto los puños hasta clavarme las uñas en las palmas de las manos.

—Eso es aún peor —replico, tan furiosa como decepcionada—. ¿Sabes? Podría haber entendido que te enamoraras de otra, que no tuvieras valor suficiente para contármelo. Podría haber entendido que fueras una cobarde —señalo, dando un paso atrás, alejándome de ella —. Lo que no puedo perdonarte es que traicionases mi confianza por un simple revolcón. ¿Solo fue sexo? ¿Crees que eso lo arregla todo? Tiraste a la basura nuestra relación para acostarte con otra... Solo espero que mereciera la pena.

Salgo de la clase de inmediato, pero la rabia que me ahoga no se disipa. Me trago las lágrimas que no estoy dispuesta a soltar y que, saladas, descienden por mi garganta quemándolo todo a su paso. Alguien me detiene y a punto estoy de golpearle con los puños, tal es la furia que siento.

—Ey, ey. ¿Estás bien?

La voz de Juliana carece del matiz provocador y desafiante que hasta ahora había empleado para dirigirse a mí. No le miro a los ojos, reacia a que descubra que estoy a punto de echarme a llorar. No sé por qué debería importarme, pero nunca me ha gustado mostrarme débil frente a nadie.

—Estoy bien —repito, esforzándome por mostrarme firme.

El silencio posterior a mi afirmación me obliga a levantar la vista hasta su rostro. Casi espero encontrarme con esa sonrisa condescendiente que no ha dejado de exhibir desde el momento en el que nos conocimos. Sin embargo, no hay rastro de ella. Su expresión es cautelosa y eso es suficiente para que comprenda que la mía debe resultar bastante patética.

Hasta AquíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora