23 LLAMADO

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VALENTINA

—Pensar en salir de aquí es lo único que me ha mantenido viva en los últimos años. El resto... Todo lo demás lo he guardado en un rincón de mi interior para que no pudiera dañarme. Solo tú...

—Hazlo, Juliana. Si te quedas, vivirás preguntándote qué hubiera pasado si te hubieras ido, y eso terminaría pesándonos a las dos.

Acaricio su rostro con la yema de los dedos y me obligo a sonreír, aunque soy consciente de la tristeza que empaña mi expresión. Por un momento me planteo desdecirme y rogarle que se quede a mi lado, pero no digo nada. Son mis ojos los que, llenos de lágrimas, le hacen saber lo mucho que me está costando no ceder a ese impulso.

—Conseguiré las cartas de recomendación, te lo prometo.

«Y te echaré de menos desde el mismo momento en que me digas adiós». Pienso inmediatamente sin descanso.

Juliana me mantiene pegada a ella, rodeándome con un brazo, mientras que con su otra mano acuna mi rostro. Me da un beso largo y profundo que, más que nunca, tiene un sabor agridulce. Procuro no ceder al llanto, aunque es difícil cuando mi corazón no para de gritarme que no la deje marchar, y es entonces cuando me doy cuenta de que me he enamorado por completo de ella, de sus hoyuelos, de su barbilla, de sus pocas palabras. Con su media sonrisa y su piel rebosando tinta y dolor; con sus ojos marrones y su apariencia de rebelde, e incluso con ese punto cínico que emplea a veces para defenderse. Darle a elegir, empujarla hacia lo que creo que es una vida mejor para ella, me romperá el corazón y lo sanará al mismo tiempo, por muy contradictorio que parezca. Solo espero que Juliana lo entienda.

—¿Tantas ganas tienes de perderme de vista, Carvajal? —bromea, y yo asiento, siguiéndole la corriente.

—Solo es una excusa para poder ir a visitarte.

Mi comentario provoca un cambio sustancial en su actitud, como si hasta ahora hubiera pensado que de verdad estoy tratando de deshacerme de ella.

—¿Vendrías a verme?

—No sé si tendré oportunidad durante un tiempo, Juliana —repongo, temiendo haberle creado falsas expectativas—. Es mi último semestre... Y tú necesitas tiempo para ti.

Vuelve la vista al frente y se queda mirando la nada.

—Prométeme que lo intentarás —me ruega haciendo puchero.

«Miénteme si hace falta, Val», parece decir en realidad, y me es imposible negarme.

Juls, te lo prometo.

JULIANA

A pesar de lo mucho que he esperado este momento, nunca creí que fuera a costarme tanto subirme a un maldito avión. Nueva York me espera. Val ha removido cielo y tierra para conseguirme cartas de recomendación de todos mis profesores así como del propio rector de universidad, y también ha agilizado los trámites del traslado de mi expediente. No habría tenido ninguna oportunidad de no ser por ella.

—Te quedarás en tierra si no te das prisa.

—Empiezo a pensar que te mueres por perderme de vista —replico, a sabiendas de que no es así.

Tiene los ojos brillantes y, por mucho que se esfuerza, a duras penas logra contener las lágrimas. No ha dejado de alisarse el vestido bohemio que trae bellamente puesto, desde que me recogió para traerme al aeropuerto; su inquietud es incluso más evidente que la mía.

Se descuelga mi mochila del hombro y me la tiende.

—Ten, dejé algo dentro para ti —murmura, y me brinda una sonrisa cautivante—. No quiero que lo mires hasta que estés dentro de ese avión.

Hasta AquíHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora