JULIANA
Me duermo junto a Val, sosteniendo su cuerpo entre mis brazos mientras ella se acurruca contra mi costado. Ocupamos la cama de Ivana después de que Val asegure que no le importará. Agradezco que así sea porque, incluso cuando cierra los ojos y su respiración se vuelve regular y más profunda, no puedo dejar de pensar en lo increíble que es tenerla aquí conmigo. Las luces nocturnas del campus se cuelan por la ventana y me permiten observarla durante largo rato. Es preciosa de esa forma en la que solo lo son las cosas que no se pueden tener. Preciosa y fugaz a pesar de la huella imborrable que ha dejado en mi interior.
Con ese pensamiento y con una extraña sonrisa, yo también me quedo dormida. Durante la semana siguiente, me siento como el que espera que ejecuten su sentencia, pero al mismo tiempo quiere creer que, en el último momento, llegará el indulto. No me atrevo a soñar con que Joaquin, El Tigre se mantenga al margen y acepte mi decisión, y al llegar el viernes apenas si puedo dominar mi inquietud. Estos cinco días he continuado asistiendo a clases y quedando con Val siempre que he podido, y nos hemos comportado como si nada sucediese. Han sido cinco días de una normalidad maravillosa, por decirlo de algún modo, porque también se han parecido demasiado a una eterna despedida, larga y dolorosa. Cada aula que he pisado, cada paseo en moto, cada beso que le he dado a Val, cada vez que hemos hecho el amor.
Fab dijo que puedo quedarme en su apartamento tanto tiempo como quiera, aunque le aseguré que no va a alargarse mucho más. Esta mañana, mientras desayunábamos, volví agradecerle su hospitalidad y le conté por fin que es posible que me marche de la ciudad muy pronto.
—No puedes irte, Juls. ¿Vas a dejar la universidad?
—Haré lo posible por conseguir un traslado —afirmo, aunque soy consciente de lo difícil que resultará a estas alturas de curso.
—¿Y Val? —inquiere—. Estan saliendo o algo parecido, ¿no?
Nos encontramos el lunes fuera de clase y creo que aún sigue alucinado por haber descubierto que íbamos tomadas de la mano. Puede que incluso yo lo esté. La idea de marcharme por fin de aqui y dejarlo todo atrás resultaría prometedora si no fuera por ella. Agito la cabeza.
—No lo sé, no hemos hablado de ello.
Fab ríe, ignorando gran parte de una historia que no me he atrevido a contarle. Estos días le he hablado de lo mucho que odio mi trabajo y esta ciudad, pero no he ahondado más en el tema; no estoy preparada todavía para airear mi pasado con alguien que no sea Val.
—No te veo en una relación a distancia.
Le sonrío sin más y no le saco de su error, aunque rato después, tras recoger a Val en casa de Ivana y llevarla al campus, continúo pensando en el comentario de mi amiga.
—¿Crees que podría conseguir un traslado y no tirar por la borda mis años aquí? —le pregunto al bajarnos de la moto frente a la facultad.
Val se quita el casco y lo mantiene entre las manos, observándolo como si fuera un artefacto extraño cuya utilidad desconociese. Supongo que es tan consciente como yo del día que es hoy. Podría no suceder nada, podría haber sucedido ya... o podría ser que El Tigre, estallara en cólera esta noche cuando no me presente en el Chili Club para cubrir mi turno. Ni siquiera sé si Eva está al tanto de mi última visita. Tras la pelea con mi jefe me marché del bar sin hablar con ella. Por esta vez, le toca a El Tigre ser el mensajero y lidiar con ella.
—Tal vez —tercia Val—. Tienes un buen expediente. —Hace una pausa y su mirada se traslada al edificio frente al que nos encontramos—. Déjame que haga algunas averiguaciones, quizás encuentre la forma.
Desliza los dedos por mi rostro con la misma delicadeza que ha empleado todos estos días al tocarme a pesar de que los moratones apenas son ya invisibles, como si creyera que sus caricias pueden hacerme daño. Debería saber lo equivocada que está. Cada roce de sus manos ayuda a sanar mis heridas sin siquiera proponérselo.
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Hasta Aquí
AcakUn poco de todo, intensidad y romance. Al final, eres un cielo, un cielo lleno de estrellas, mi cielo, mis estrellas.
