11. La Flor de Liz

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Tercera Parte: Extranjero

Punto de vista de Liz


Hoy me he despertado de ésa que creo es la pesadilla más horrible que he tenido desde pequeña, me alejan del confort y consuelo de mi madre, ella llora por mí y me susurra dulces palabras de amor mientras alguien me lleva lejos, es algo estúpido, lo sé, porque he crecido bajo el amoroso cobijo de mis dos padres.

Es un día especial hoy, en casa celebramos mi décimo octavo cumpleaños, ya soy mayor de edad. Me siento en la cama y me aliso el cabello que estaba hecho un desastre por lo mucho que me moví durante la estúpida pesadilla. Volteo a la puerta cuando escucho que alguien empieza a abrirla despacio, mi adorada mamá.

La miro detenidamente, siempre por estas fechas tiene esa mirada triste, sobre todo cuando me mira, pero no estoy muy segura de por qué, mi papá dice que es porque le recuerdo a su hermana mayor, mi tía Ariel.

—Felices dieciocho. –dice mi madre, veo la sonrisa en sus labios, pero su mirada es triste, quisiera preguntarle por qué, y ya lo he hecho, creo que desde que tengo uso de razón, pero jamás me ha respondido, o me dice que veo cosas que no son, sin embargo no hago la pregunta, no porque sepa que no me va a responder, sino porque no quiero que se ponga más triste.

—Gracias, mamá. –respondo, ella se había sentado a un lado de mí en la cama, me abraza fuertemente.

—Tengo algo para ti. –me dice, su tono es alegre, pero su mirada sigue igual: triste.

—No te hubieras molestado. –respondo, no es que tengamos problemas de dinero.

—No gasté nada. –comenta.

—Has caído del pedestal, mamá.

Ella sonríe y acaricia mi mejilla con ternura, mirándome a los ojos, con esa mirada triste que no comprendo... y de pronto tengo que morderme el labio desde adentro, el dolor me detiene de hacer la pregunta, pero dejo de flagelarme, tampoco quiero preocuparla por esto.

—No hables tan pronto, Liz Harel. –dice mi mamá y por un segundo me doy cuenta de que la tristeza de sus ojos desaparece, pero vuelve muy pronto–. Aquí está.

Mi mamá me ofrece una pequeña bolsita de terciopelo rojo y negro, cuando ésta cae en mi mano la siento pesada, ¿será dinero? No lo creo, si lo fuera el comentario de mi mamá no tendría significado. De pronto el corazón ha empezado a latir con fuerza, desenfrenado, si no es dinero debe de ser algo único.

—¿Qué es? –pregunto casi sin poder creer qué es lo que hay dentro, la abro lentamente.

¡La medalla, la flor de Liz! Los calosfríos corren por toda mi piel, erizando cada vello en todo mi cuerpo. Mi mamá asintió en contra de mi incredulidad. Yo siempre, siempre la había querido, desde la primera vez que la vi cuando tenía ocho años, pero mi mamá se había negado a dármela, hasta hoy.

—Es para ti.

—Pero era de mi tía, tu hermana. –murmuro, sin despegar la vista de la flor, no me la creo, es mía, me la ha dado, creo que puede quitármela en cualquier momento.

—Bueno, primero fue de mi madre, tu abuela, se llamaba igual que tú. –dice, su mirada se pierde–. Luego, cuando tu abuelita murió, Ariel... –a la mención de ese nombre, mi madre hace un breve silencio–, ella hubiera querido que tú la tuvieras –me la quita de las manos, se levanta y me rodea, me amarra la cadena–. ¿Qué te irás a poner?

Muy pronto siento el peso de la joya en mi cuello. Me levanto y voy al baño.

—Da lo mismo, agarra cualquiera de las blusas grises. –digo con descuido, como si no importara, lo que es cierto porque después de todo, cada día debemos ponernos la misma ropa: una blusa gris y unos jeans, botas también, más una sudadera y un blazer cuando hace frío.

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