Tercera Parte: Extranjero
Punto de vista de Rafael
Los médicos se acaban de ir. Malditos bastardos. Siento la presión de una mirada sobre mí, a través del cristal de mi cuarto de hospital. Se trata de un muchacho, joven, viste unos pantalones de mezclilla, su cabello tiene un corte militar.
El muchacho se mete al cuarto, agarra la silla, la voltea y se sienta a horcajadas, se recarga en el respaldo.
—Ey. –saluda.
—Ey. –asiento con la cabeza–. ¿Qué quieres?
—No. –dice él, enderezándose en la silla–. ¿Qué quieres tú? –pregunta–. No eres de por aquí y, según lo que investigué no existen datos tuyos.
—¿Y? –pregunto, sin dejar de sostener la mirada de él.
—No te quiero cerca de Liz. –dice él.
—¿Qué? –pregunto, ninguno de los dos hemos desviado la mirada.
—Liz, la chica que te trajo. –comenta él.
—¿A todo esto quién eres tú? –pregunto, el comentario sobre Liz me hace sentir incómodo.
—Me llamo Joshua Adus. –responde él, enderezándose en su lugar.
—¿Cuál dices que es tu asunto conmigo? –pregunto, él parece molesto por mi supuesta falta de atención.
—Liz Harel, ella es mi asunto contigo. –alega él, noto el leve cambio en su voz.
—¿Y? –pregunto, no que no comprendiera lo que Adus quería decir, era simplemente que mientras más preguntas hiciera más información se le escaparía, aunque fuera un poco.
—Quedas advertido, salvaje, te acercas a ella y te mato. –después de decir eso se pone de pie, se da la media vuelta para irse.
Estúpida amenaza infantil. ¿Qué sabía él de matar?
—No me das miedo, niño. –es mi respuesta.
Adus se ha detenido, un poco crispado por la amenaza implícita en mis palabras. No me importa, después de todo él es un niño, más víctima de las circunstancias que yo y no lo sabe. Él se va, no quiero retenerlo más, al parecer sus intereses se clavan, actualmente, en Liz Velt, no... él dijo otro nombre, Harel, sí, ése apellido, sin embargo me recuerda...
El ruido de dos puertas azotándose me distrae, volteo a ver y hay un grupo de médicos atendiendo a alguien a toda prisa, por eso los centros médicos son detestables, sé que son necesarios para asistir a personas heridas o enfermas, sin embargo, algo, más bien, alguien llama mi atención.
Han sido tantos los días de reposo que me cuesta mucho esfuerzo ponerme de pie, pero a fuerza de voluntad me sostengo y ordeno a mis piernas caminar, están tan débiles que tiemblan a cada lento y tortuoso paso, por fin, llego a la ventana. Me centro en la mujer, ella junto con un hombre, seguramente su esposo, se han quedado ahí, a unos pasos de mi habitación.
Ella también... caigo de sentón sin poder evitarlo, el esfuerzo extra que exigí a mis piernas ha cobrado ya su factura, y se me escapa un gemido por el golpe. Poco después la puerta de la habitación se abre, vuelvo a gemir, con el borde me machucaron el dedo meñique y el anular.
—Perdón. –la mujer que había visto a través de la ventana–. Mateo. –llama, necesita ayuda, ella no puede levantarme por su vientre abultado, y yo soy muy pesado.
El hombre al que llamó la mujer, entra a mi cuarto y parece que con una sola mirada la consulta, poco después me ayuda a levantarme y me lleva hasta la cama, pero en todo momento, sobre el hombro del sujeto, Mateo; veo a la mujer detenidamente.
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Ciudadanos
Science FictionUn grupo de personas intenta salir de su Ciudad, un enorme edificio donde los pisos más bajos son los más pobres, no así lo más altos, hacia un mundo desconocido y peligroso, diferente del que han conocido en la Ciudad, donde la desolación y la muer...