24. Enfrentamiento

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Quinta Parte: Refugiados

Punto de vista de Marcos

Miro cómo Rafael camina delante de mí. No confío en él, siento que en cualquier momento volteará y me disparará a quemarropa, pero tampoco puedo andarme con la pistola en la mano, sólo estar atento y procurar adelantarme a cualquier cosa.

Quisiera no haber dejado a Elin, pero era necesario. Poco después de que llegara Joshua con Mateo herido, Rafael se acercó a mí y a Elin. Me dijo que debíamos conseguir más agua, los suministros con los que ya contábamos no serían suficientes con un hombre herido. Tiene razón.

—¿Vas a ir? –me preguntó Elin, entre adormilada y despierta.

—No quiero que Mateo muera. –le respondí–. Además, no puedo dejar ir solo a Rafael, tengo que asegurarme que vuelva.

—¿Es que le ves intenciones de abandonarnos? –preguntó, mientras que revisaba que el bebé estuviera cómodo, pero fue algo difícil, sufría mucho más el calor.

—No sé, apenas lo conocemos. ¿Qué mierdas hacía merodeando por Sekail?

—Estemos agradecidos de que haya querido ayudarnos. –dijo ella, su tranquila sonrisa me hace sonreír a mí también.

—¿Y si nos lleva a un lugar peor del que salimos?

—No lo sabremos hasta que lleguemos, Marcos. –acarició mi cara.

Recuerdo el suave tacto de su mano, no puedo evitar la sonrisa. Tengo que volver. Lo haré. Rafael sigue delante de mí.

—¿Por qué estabas por Sekail? –pregunto antes de darme cuenta.

—Porque buscaba a alguien. –responde, encogiéndose de hombros.

—¿Encontraste a esa persona?

—Sí.

—¿Y por qué no viene con nosotros? –pregunto.

Rafael se detiene, voltea a verme con una sonrisa.

—¿Quién dijo que no?

—¿Quién?

—No es asunto tuyo. –responde él.

—¿Que no es mi asunto? –corro hacia él y lo embisto por la espalda–. Es asunto mío porque los que dejamos atrás son mi familia. Ellos son todo lo que tengo, la razón por la que salí de la única vida que conozco. Así que más te vale que me digas a quién estabas buscando.

La arena cruje bajo el cuerpo de Rafael, que se voltea, pero yo no lo suelto; me arde la frente y los ojos, la boca me sabe salada. Escupo la arenisca. Rafael se remueve queriendo salir de mi agarre. Le golpeo la mandíbula, él me responde el golpe, por poco no me alcanza.

Me hago a un lado, liberando a Rafael, él no intenta golpearme, yo me recuesto a su lado. Con los ojos llorosos por lo salado de la arena. Siento la espalda acalorada, el suelo está caliente a pesar de que hace algunas horas se ocultó el sol.

—Buscaba a la hermana de Ariel. –se sienta, por un momento pienso que es para golpearme, pero no lo hace–. María era esa persona. –responde–. Fue un golpe de suerte que ella y su esposo planearan salir.

—No sabía que María tuviera una hermana. –comento para mí mismo–. ¿Su hermana te mandó buscarla?

—No. –responde.

—¿Qué le dirás sobre la muerte de María?

—Eso, que está muerta.

—El único consuelo que le quedará será que llevas a su familia.

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