13. Contraluz

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Tercera Parte: Extranjero

Punto de vista de Liz


Sé que ha pasado un par de días desde que me dieran de alta, pero sigo débil, perdí algo de masa muscular, las palmas de mis manos están completamente descarapeladas, tengo toda la piel quemada y roja, sigo deshidratada.

He tenido muchas visitas, pero sobre todo de los amiguitos de Levi, ahora todo mundo me admira porque le salvé la vida a alguien... no me enorgullece, si yo no hubiera sido tan estúpida nada de esto hubiera pasado, todo es mi culpa.

Había cuidado la fiebre de él, la cual apenas había disminuido casi nada. Él estaba rojo e hinchado. Y en menos de nada, la fiebre volvía a subir. La única solución que quedaba era volver a la Ciudad, sin importar las consecuencias... se lo debía. Cuando vi que la fiebre no cedía con nada, tuve que tomar una decisión importante y difícil.

-Oye... -susurré suavemente, acaricié su mejilla para que se despertara.

-¿Mmmm? -su voz era ronca.

-Tenemos que partir. -le dije-. Si nos quedamos aquí te vas a morir.

Aunque sacarlo al sol abrasador tampoco era garantía de que se mantuviera con vida, pero no podía quedarme a ver cómo moría o largarme y dejarlo morir solo. Éramos los dos o nada, él se arriesgó a salvarme, se lo debía. Preparé mi mochila con su ropa, su cantimplora la llené con agua hervida.

Rafael mide como dos metros, eso es treinta centímetros más que yo, sin mencionar que pesa un poco más de cuarenta kilos que yo. Con el calor y el estado de Rafael -es tan raro decir su nombre- me ha tomado tres días hacer un recorrido tan breve, entre que me perdía y recuperaba el camino, entre que hacíamos paradas continuas porque yo tenía que cargar a un hombre de mayor tamaño que yo, entre que lo arrastraba o que él se hundía en la arena y yo tenía que sacarlo.

Cuando ya no podía por el cansancio, me dejaba caer contra las dunas, pero cada vez era más difícil levantarme porque me sentía más cansada que cuando me dejaba caer al principio. Rafael me pedía mucha agua, y a veces tuve que mojar un paño para intentar bajarle la fiebre, en pocas horas el termo quedó vacío y cuando veía un sahuaro me ponía a excavar, hasta encontrar agua, lo que era difícil, hasta que las manos me quedaban escaldadas, quemadas y ardidas, en algún momento creí ver la arena manchada con sangre. Reconozco que fue riesgoso.

Si el día era abrasador, las noches eran congelantes, tampoco teníamos dónde guarecernos, esas noches antes de llegar a la Ciudad, dormía abrazada a él, aunque me despertaba cada cinco minutos para verificar que siguiera respirando. Al despertar, lo volvía a revisar y de nuevo a obligarlo a caminar, me sentía agotada.

Ver los muros de la Ciudad fue un tremendo alivio. Mis dedos ya estaban descarapelados de tanto cavar, las manos me ardían, sostenerlo, excavar, pasar por los túneles de subida fue una tortura. A veces, cuando podía, me arrastraba de espaldas dentro del túnel, jalando a Rafael. Quizá fuera una locura pero me mordía el labio inferior hasta sacar sangre, para poder tolerar el dolor que sentía en las manos.

-Ya vamos a llegar. -le dije a Rafael que estaba entre inconsciente y no.

Salimos del túnel, y a escondidas, con mucha dificultad, llegamos a la plaza suroeste, era de noche y no había nadie. Ahí me desplomé al lado de Rafael, con la esperanza de que alguien nos encontrara.

Yo debo de verlo, tengo que cerciorarme que está bien... no puedo dejar pasar esta oportunidad, es de noche. Sin hacer mucho ruido me pongo unos pantalones, sin zapatos, sólo en calcetines hasta que salga de la casa. Ya fuera, primer obstáculo superado, pero todavía tengo que eludir a la guarda nocturna.

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