23. Regreso

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Quinta Parte: Refugiados

Punto de vista de Joshua


Aguanta, Mateo. –susurro, apenas con fuerza.

No fue nada fácil librarnos de los soldados que nos perseguían.

Cada uno guardó una bala en el bolsillo del pantalón, sólo por si fueran necesarias, que no lo fueron en ese momento porque él y yo matamos a los perseguidores, sobran cuatro balas. Tres quedaron encajadas en tres diferentes cráneos. Mateo les torció el cuello a dos, hasta dejar caer sus cuerpos lánguidos. Quedaban tres perseguidores, uno de ellos le disparó a Mateo. Consideré la posibilidad de dispararle y lo hice, alcanzando su cuello, por la yugular. Pensé en no desperdiciar otra bala y corrí hacia el otro, sólo sé que lo maté a golpes, quizá le rompí la nariz y se ahogó con su propia sangre, no estoy seguro. El último asaltante que quedaba estaba encima de Mateo queriéndolo ahogar, pero le partí la cabeza con una patada.

Mierda, fue cuando me di cuenta de que estaba herido. Una bala había atravesado en su hombro y la otra en el vientre. No podía sacar las balas, lo único que hice fue correr a la camioneta en la que habían llegado los tipos, imbéciles, no tenían un equipo médico, iban a matar o morir en el intento de llevarnos de regreso. Lo que sí llevaban eran instrumentos de secuestro: cinta gris, cuerdas, cloroformo y alcohol.

Limpié las dos heridas lo mejor que pude, no podía sacarle las balas sin correr el riesgo de que sufriera un desangramiento, cubrí las heridas con la cinta gris, un poco apretado.

—Deberías dejarme aquí. –murmura débilmente–. Soy nada más una carga.

—Como le dije, no toleraré ver a Liz llorar por su muerte o que cada vez que me vea, piense que yo pude haber hecho algo por salvarlo, que es precisamente lo que estoy haciendo ahorita.

Lo acomodo mejor en mi espalda y sigo el camino en la dirección que Rafael me indicó, si está en mí llevar al padre de Liz con ella, al menos para una despedida, lo haré. Ojalá los alcancemos. Sé que Rafael dijo una hora y media, pero tengo la esperanza de que sigan esperando.

Parece que los vendajes rudimentarios han cumplido con su cometido, Mateo ya no sangra y, al menos, no deja un rastro rojo que guiaría a un segundo grupo de perseguidores hacia donde vayamos a estar. Esta primera ola ha sido confiada, las siguientes que nos persigan, no lo serán tanto.

—¡Papá! –escucho el grito de Liz, parece que viene de lejos.

Me dejo caer de rodillas, aliviado, nos han esperado. Mateo me aplasta con el peso de su cuerpo inconsciente, al parecer se ha dejado desmayar porque estamos con nuestro grupo, pero poco después ya no importa porque Levi, Marcos y Rafael vienen a ayudarme.

—¿Qué pasó? –pregunta Elin.

Aunque respiro atrabancadamente, y los pulmones me arden por el esfuerzo que hice, les digo lo que tuvimos que hacer. Ahora es cuando me doy cuenta de lo mucho que me temblaron los dedos y cómo la vibración de la pistola al disparar atravesaba mi brazo en poderosas ondas. Sé que me han instruido para matar. Pero nunca antes lo había hecho. Los dedos me siguen temblando y veo sangre y arena pegadas. La mirada se me pone borrosa, en aquel momento cuando disparé no pensé en estas consecuencias.

Siento el abrazo cálido de Elin y un gemido se me escapa y luego otro y otro.

—Perdón, perdón, perdón... –digo repetidamente.

No sé si lo pido por haber matado, por mancharla de sangre, llorar en sus brazos y no poder controlarme. Me siento tan débil.

—Tranquilo. –susurra Elin, suavemente en mi oreja, pasa sus dedos por entre mi cabello, en un ritmo constante al que mis sollozos y ritmo cardiaco se adaptan, como si me cantara una canción de cuna–. Todo está bien.

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