En mi vida jamás había conocido lo que era ser la primera opción de alguien. Había puesto todo mi empeño en alcanzar ese objetivo. Ser la mejor hija, la mejor estudiante, la mejor amiga, la mejor novia, la mejor todo. Había puesto sudor y lágrimas en ello, pero nunca había experimentado lo que era ser la primera elección de una persona. Mi madre tenía a mi hermano, y yo era la hija que nunca había logrado salir del cascaron, a pesar de que la culpa la había tenido ella. Las amistades que tenía tenían a su vez sus propias amistades, y por mucho que me esforzara en ser alguien para ellos, cuando debían tomar la decisión de en qué lado estar, mi nombre nunca aparecía en sus pensamientos. Había sido así durante toda mi vida. Cuando conocí a Damiano, sin embargo, una parte de mi pensaba que su manera de intentar salvar la poca felicidad y vida que quedaba en el cuerpo de aquella chica rota era una forma de elegirme por encima de cualquiera. Incluso él, que estaba lleno de promesas ahora vacías, no fue capaz de elegirme primera opción. Teniendo en cuenta todo aquello, no podía ser de otra forma que incluso yo dejara de elegirme a mí misma como mi primera elección. Había sido capaz de abandonarme al abismo aquella fatídica noche en la que la fábula que había intentado vivir hasta entonces se había roto, arrasando todo a su paso. El día que toque fondo, mientras sentía otras manos sobre mi cuerpo que no eran las que yo amaba para poder salir adelante me prometí que jamás volvería a elegir a nadie por encima de mí misma. Hoy había sentido como las barreras que tanto me había costado construir se rompían sobre mi ante las palabras que Damiano me había dedicado frente a todos, y lo único que se me había ocurrido hacer era correr para no morir aplastada bajo los cimientos. Correr, como si la vida se escapase ante mis ojos.
Me había alejado lo suficiente de la fiesta cuando sentí aquellas gotas caer sobre mi piel. Me paralice, pensando en cómo la tormenta siempre acababa encontrándome. Deje de correr y alce mi mirada al cielo oscuro de Roma, sintiendo como el agua golpeaba mi cara y lo que antes me aterrorizaba, ahora conseguía relajarme. Saqué un cigarrillo y lo encendí con las manos temblorosas, tratando de normalizar la respiración y recuperar la calma que me había caracterizado estos meses. Era noche cerrada y las únicas personas que había a mi alrededor habían buscado refugio de una tormenta veraniega que azotaba con fuerzas las calles, mientras yo seguía parada en medio del temporal, calándome hasta los huesos. Purificándome y dejando que, de alguna forma, la lluvia se llevara todo el dolor que oír a Damiano admitir que me amaba me había provocado. Jamás lo había oído admitirlo antes. Jamás pensé que lo oiría hacerlo, y no podía evitar pensar que ocurriría a partir de ahora. ¿Qué pensarían todos aquellos invitados? ¿Su familia? ¿Qué pensaría Giorgia? Pero, sobre todo, ¿Dónde nos llevaría esto?
No me sorprendía oír unos pasos apresurados acercarse a mí, y luego reducir su velocidad con cautela, como si pudiera asustarme y provocar que huyera de nuevo. En realidad, le estaba esperando. Sabía que esta vez no me dejaría marchar con los brazos cruzados.
- ¿No te parece curioso? – Susurro cuando le siento a mi lado, aun mirando hacia arriba, sin que él emita ninguna palabra.
- ¿El qué? – Dice por fin. Con el mismo tono de voz que yo.
- La forma en la que siempre nos persiguen las tormentas. Siempre acabamos dentro de una. – Un rayo ilumina el cielo sobre nosotros, seguidos del estruendo de un trueno, que ni siquiera me hace estremecer.
- Te miro ahora y no veo rastro de la chica que se escondía bajo una manta en días así. Pero sé que sigue ahí, dentro de ti.
- Aquella chica murió ahogada en su propio mar. – Le digo volviéndome a mirarle por fin.
Nos miramos sin decir nada más, empapados, sintiendo como la ropa se nos pega al cuerpo y pesa de tanta agua. Sintiendo que ni siquiera el calor de Roma puede sofocar el hielo que provoca la lluvia en nuestro interior.
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Rimani
Fiksi PenggemarEl tiempo ha transcurrido dejando atrás aquella vida a la que nunca pensó volver. Pero el destino es caprichoso, como lo fue aquella noche, y seguía persiguiéndola. Por muy lejos que fuera.
