Capítulo veintiuno

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El día se escurrió entre nuestros dedos como la arena

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El día se escurrió entre nuestros dedos como la arena. El atardecer se sentó con lentitud en el horizonte y nos reunimos en la sala principal de la casa para poder pasar la noche.

El fuego calentaba exitosamente las paredes del hogar luego de que Bash —tras una batalla reñida— lograse destapar la chimenea por completo. Joe lo usó para cocinar los salmones en una rejilla que encontró en la cocina, mientras que el resto arremolinamos algunas almohadas, colchas y colchones a los pies del viejo sofá.

Con Elena les recomendamos a los más pequeños no subir al piso superior. Argumentó que las escaleras no eran seguras y era mejor no tentar la suerte. Bash nos miró extrañado, pero sorprendentemente, se reservó su opinión.

Cuando terminamos de zamparnos lo que se sentía como festín luego de semanas masticando lo poco que encontrábamos, nos sumimos en un silencio plácido que el chasquido de la leña llenaba de tanto en tanto.

Estuve a punto de quedarme dormido cuando la voz de Elena me trajo de regreso.

—A lo mejor nos conviene seguir río abajo.

Parpadeé varias veces y me froté los ojos con una mano. En algún momento, Aleu se había acostado sobre mi regazo y ahora dormía profundamente, tapada con una de las cobijas que rescatamos de arriba. En su mano derecha, el cervatillo de ébano negro permanecía enredado en sus dedos.

—¿Eh? —balbuceó Joe quedamente, abriendo apenas un ojo desde su colchón. Sam dormitaba a su lado, hecho un ovillo. Y no muy lejos, Tony contemplaba el fuego con aburrimiento, postrado bajo el hogar a sus anchas.

Bash se estiró con un bostezo antes de cruzar los brazos sobre su pecho.

—¿Y luego qué? —inquirió, levantando una ceja.

Elena entrecerró los ojos con enfado.

—No tienes por qué usar ese tono.

—¿Qué tono? —dijo con fingida inocencia.

—Ese mismo —apuntillé con un resoplido, casi una risa—. El de imbécil.

Elena se rió entre dientes y al otro lado, Bash puso los ojos en blanco, pero no me pareció molesto en lo absoluto. Estaba de buen humor. Todos lo estábamos.

Nos diluimos en el silencio una vez más. Cómodos, llenos, cálidos.

—No me parece una buena idea —admitió Bash al final, con la mirada ausente en el techo. Se encogió de hombros—. Tienden a cazar cerca de los cuerpos de agua. Saben que es algo que necesitaremos.

Lo observé de reojo.

—¿Entonces?

—Busquemos un pueblo —dijo—. Tiene que haber uno cerca. No creo que pudieran mantener una casa como esta y estar completamente aislados al mismo tiempo.

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