Capítulo veintidós

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Cuando bajamos del ático, dejé a Sam y Aleu jugar —solo por un rato más— en el cuarto de los juguetes y a cambio, les hice prometer que bajarían ni bien oyeran sus nombres

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Cuando bajamos del ático, dejé a Sam y Aleu jugar —solo por un rato más— en el cuarto de los juguetes y a cambio, les hice prometer que bajarían ni bien oyeran sus nombres. Cualquier berrinche o bufido estaba prohibido. Ambos me complacieron con su palabra y un juramento tan volátil como sus temperamentos.

Bajé al primer piso y me di cuenta de que aún no había nadie despierto. Bash se había vuelto a recostar en su sitio y dormía profundamente. El ciervo de juguete que lo había visto sostener más temprano estaba de regreso en la cama de Aleu, como si nunca lo hubiera tomado en primer lugar.

Tragué saliva y me adelanté para poder tomarlo. El juguete no era nada especial ni llamativo; el cervatillo era una imitación simpática de la vida real, con algunos errores claros como la pata trasera izquierda que me había quedado más pequeña y desigual que el resto. Y sus facciones eran un tallado torpe. Lo hice en un momento de aburrimiento durante una de mis tantas tardes en el taller de Harold con un trozo de madera de ébano oscuro, casi negro.

No era especial. En lo absoluto. Pero, tras darle un par de vueltas, supuse que podía entender por qué habría llamado la atención de Bash.

Lo miré a hurtadillas solo por un segundo —su respiración lenta, la forma en la que el pelo largo le tapaba la mitad de la cara— y regresé el juguete a su sitio con un suspiro.

Me di vuelta hasta Elena y me tomé la libertad de contemplarla. Las pestañas largas besaban sus mejillas y tenía una pequeña arruga entre las cejas que dejaba la impresión de que estaba enojada. No muy lejos, Joe roncaba desde su cama, desperdigado entre las mantas y me sorprendió no ver señales de Tony cerca.

Fruncí el ceño y lo busqué por la sala, pero nada.

Traté de no preocuparme pues él tendía a desaparecer. A veces se escabullía lejos y Joe era el único capaz de encontrarlo y traerlo de regreso. Bash una vez dijo que era bueno que al menos uno de nosotros permaneciera transformado, porque tal vez así podría notar algo que nosotros al principio no. Elena pareció estar de acuerdo con él —un milagro, si me lo preguntan— así que no volví a cuestionarlo, pero...

Mordí el interior de mi mejilla y me acerqué hasta la puerta principal. El cerrojo no funcionaba y nunca nos molestamos en intentar bloquearla de alguna manera, así que estaba abierta cuando me asomé por ella. El bosque amanecía con el incesante trino de un ave haciendo eco a la distancia. La humedad era normal y la bruma descendía a través de la luz dorada del sol delicadamente. Tomé aire y recorrí la arboleda con la mirada. Di otro paso vacilante hacia el exterior y bajé el primer peldaño del escalón. El ave —una chara azúl, me di cuenta— continuó chillando.

—¿Tony? —pregunté.

Un torrente de aire fresco llegó desde el Norte y meció a los árboles de antaño. Me estremecí y pasé una mano por mi brazo, intentando quitarme la sensación del cuerpo. Bajé otro par de escalones y volví a otear a mi alrededor, intranquilo.

Corona de OroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora