1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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Traté de encontrar algún indicio que meE revelara a lo que ella se refería.
—¿Qué quieres decir?
—Llevan un buen tiempo buscándome a mí —confesó en voz baja, mientras las mejillas se le teñían de rojo—. Soy inigualable, aunque no lo creas.
Claro, podía entender el valor que un animal como el de Elena podría implicar para los cazadores. Era exótica en más de un sentido, pero que se movilizaran así solo por ella...
Fruncí el ceño.
—No... No lo entiendo.
Sus labios desplegaron una sonrisa irónica.
—Claro que no —masculló antes de suspirar—. Cuando ellos me encontraron en Nueva York... No fue casualidad. Me habían estado buscando por un buen tiempo. Bueno, no específicamente a mí, sino a lo que quedara del linaje de un tipo llamado Victor Windsor. Creo que fue un antiguo heredero al trono de la corona británica. Nunca lo conocí, él murió mucho antes de que naciera pero, su hijo era mi padre, me parece. Tampoco tuve el placer de conocerlo.
Abrí la boca y la cerré un par de veces, igual que un pez.
—Yo... Eso es...
Significaba que Elena era parte de un linaje intachable. Ella realmente era... Invaluable. No por su forma animal, sino por lo que representaba. Era descendiente directa de una dinastía real que jamás había perecido como el resto. Los metamorfos del Reino Unido jamás fueron derrocados —propiamente dicho— sino que, ante el temor de una revolución, decidieron desterrar al linaje de metamorfos de la linea de sucesión, y en cambio dejar que aquellos pertenecientes a la familia y no metamorfos tomaran el poder.
—¿Cómo? —conseguí preguntar un momento después, cuando por fin encontré las palabras que buscaba.
—No es tan complicado, Bambi —Ella levantó la mirada mientras una expresión apenada ocupaba su cara—. Mi madre lo conoció en un bar, probablemente. —Hizo una pausa y se mordió el labio inferior—. Eso es solo una suposición mía, en realidad. Ella nunca hablaba de él, pero pensar que se conocieron así tiene sentido para mí.
Tragué saliva y contemplé la tormenta, casi sobre nosotros. Apreté las manos contra mis piernas y traté de no parecer alarmado o demasiado impactado.
—¿Se enamoraron?
Elena soltó una risotada que se apresuró a tapar con su mano.
—No lo sé —reconoció entonces, tras recomponerse—. Tal vez ella sí, pero no creo que él lo estuviera. De lo contrario, puede que la historia fuese otra, ¿no te parece?