1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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Joe llevó al resto al río con la excusa de ayudarlo a pescar algo para cenar. Los niños fueron tras él en silencio, y si acaso uno se rezagaba, Tony se encargaba de mordisquear sus talones para que siguieran caminando. Supuse que tendría que agradecerles más tarde.
Bash me ayudó a descolgar los cuerpos. Mientras lo hacíamos, Elena se encargó de quitar las enredaderas de cada ventana; la luz del sol bañó el interior de la casa por lo que parecía la primera vez en años.
Me di cuenta de que no eran pesados; no eran más que piel seca y huesos. De cerca apestaban un poco, sin embargo no era el olor que uno esperaría.
Los llevamos hasta afuera, lejos. Buscamos un lugar escondido, para que ni Sam, Aleu o Joe volviera a cruzarse con ellos ni por accidente. Después de todo, no podíamos enterrarlos; no teníamos con qué.
—¿Qué es lo que piensas? —murmuré cuando buscábamos nuestro camino de regreso a la casa.
Bash ni siquiera me miró.
—No podemos quedarnos.
Lo sabía, claro que sí. Pero, aún así, respondí:
—Una noche no nos matará.
—Los cuerpos tienen muchos años, sí —dijo en un tono sombrío—, pero sigue siendo arriesgado.
Puse los ojos en blanco.
—¿Entonces qué propones? —murmuré, sin poder ocultar mi molestia. No es que lo que Bash estuviese diciendo no tuviera sentido. Lo tenía, pero… Creo que estaba cansado.
Él me dedicó una breve mirada. Parecía estar conteniendo algo, algo que desesperadamente quería decir.
—Solo… No creo que sea seguro. Una noche está bien. A lo mejor dos, si tenemos suerte.
Era mejor que nada, si debía ser honesto. Con que pudiéramos dormir refugiados del exterior, al menos por una noche, me sería suficiente.
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La casa estaba equipada con muebles, ropa vieja y retratos colgados de paredes cuyo tapizado de flores que se empecinaba a resistir el indomable paso del tiempo. Nosotros limpiamos cuanto pudimos; la mayor parte era tierra y vegetación muerta. Además de eso, la casa se mantenía atemporal.
En una de las paredes junto a las escaleras distinguí un cuadro: el vidrio estaba sucio, pero se podía apreciar a una mujer de rostro pétreo, ataviada en un vestido elegante de cuello alto y ornamentado con volados. Supuse que era ella, la madre. A su alrededor colgaban otras fotos y retratos, apenas visibles por la humedad.