Capítulo diecinueve

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Al cabo de un rato, me sentí nervioso y regresé detrás del árbol para transformarme

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Al cabo de un rato, me sentí nervioso y regresé detrás del árbol para transformarme. Siempre procuré no mantener mi otra forma demasiado tiempo como método de precaución.

Me puse la ropa y volví para sentarme con Aleu. Ella había decidido darle provecho al prado, por lo que comenzó a tomar las flores que más le parecían y así armar una corona. Con la lengua entre los dientes en un gesto de pura concentración, ella me preguntó cuánto nos faltaba para llegar a Boston. Le dije que no lo sabía, así que procedió a quejarse de las largas caminatas.

Lo cierto es que aún no estaba seguro de si ese refugio en Boston realmente era una buena idea. Elena estaba convencida de ir allí, creía que valía la pena. Joe mantenía una visión casi tan optimista que ella, solo que él tenía trece años y su juicio era cuestionable. Tony también era joven, y a pesar de que parecía ser uno de los pocos razonables, él siempre se limitaba a seguir a Joe en todo. Mientras se mantuviera en la línea de lo coherente, claro.

Bash era el único que, estratégicamente, reservaba su opinión. Cuando pusimos en discusión nuestro camino, él dejó que cada uno expusiera su argumento sin intervenir. Su silencio selectivo, sin embargo, me dió a entender más que cualquier palabra.

Los únicos libres de las decisiones difíciles eran Sam y Aleu, que últimamente, parecían ser inseparables. Fue por ello que no me sorprendió ver a Sam saltar de entre los árboles al cabo de un rato, de seguro que buscandola para llevarla a jugar algún juego tonto.

El niño atravesó el prado corriendo y se paró frente a nosotros con una mirada acusadora.

—No estabas en el campamento —le informó, antes de cruzarse de brazos.

—Salimos a caminar, James quería transformarse —Aleu se levantó de su sitio y le extendió la corona de flores en la que llevaba varios minutos trabajando—. Mira, son No-me-olvides.

Sam se encogió de hombros.

—Son feas.

Alue arrulló la corona contra su pecho.

—No, no lo son.

Me volví hasta Sam con un resoplido.

—¿El resto ya se despertó?

El niño me miró con los ojos entrecerrados y meneó la cabeza, mucho más cauteloso.

—No. Duermen.

Bien. Significaba que todavía tenía tiempo antes de que nos tocara seguir con el viaje.

No tenía un mapa, pero no lo necesitaba para saber que nos hallábamos dentro del extenso territorio del Yukón. Llevábamos semanas sin ver rastro humano. Empezaba a preocuparme. Necesitábamos comida y otros recursos. Si bien yo podría valerme como un ciervo a través de plantas, raíces y hierbas, otros no tenían tanta suerte. Aleu, a quien conocí con mejillas redondas y rosadas, ahora presumía un rostro delgado y anguloso. Apenas masticaba algunas moras si es que Joe no tenía suerte con la pesca o la caza.

Corona de OroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora