1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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Tras estar casi dos meses sumidos en un viaje que no parecía tener fin desde nuestro último asentamiento, la carretera principal de Alaska nos guió directo a Whitehorse.
Whitehorse no era más que otra comunidad pequeña y perdida que contaba con una buena cantidad de nuevos residentes; todos en busca de una nueva vida y oportunidad laboral. Esto nos daba ventaja, en parte. Significaba que el lugar rebosaba de caras nuevas y las nuestras no llamarían tanto la atención.
Llegamos durante la noche, con las auroras boreales derramando sus colores sobre el camino de tierra. Estábamos tan cansados que no creí que pudiéramos soportar un día más bordeando esa estúpida carretera. El último rastro de civilización que habíamos podido ver fue en Dawson —una comunidad en medio de la nada— así que cuando vi las luces en la distancia que delataban una ciudad, creí que podría llorar.
No era tan grande como uno esperaría. En los límites, las casas eran separadas por grandes hectáreas de terreno silvestre. Algunas casas eran humildes, hechas de tronco y pequeñitas como para albergar a lo sumo dos personas. Pero había otras casas coloniales que auguraban familias establecidas y una buena economía.
A penas estábamos cruzando un terraplén por el que corría unas vías ferroviarias cuando Sebastian señaló una de las casas más cercanas y dijo:
—-Deberíamos intentar colarnos dentro.
No cuestioné su idea tan osada, principalmente porque estaba demasiado cansado para siquiera molestarme. Atribuí que a él le pasaba lo mismo y por eso es que estaba diciendo estupideces.
—Hay gente que vive ahí —contestó Tony, voz inigualable de la razón.
—En esa no hay nadie desde hace un buen rato —argumentó Bash con una media sonrisita ocupando su cara, mientras sus ojos azules escudriñaban la propiedad desde la distancia—. Mira el buzón. Está que rebosa de correo. Aquí no hay nadie desde hace rato.
Nos detuvimos en seco porque, sorprendentemente, él tenía razón. Aleu, que dormitaba en la espalda de Bash —había sido su turno de cargarla— parpadeó cuando notó que nadie se movía.
—¿Por qué crees que sea? —Elena miró los alrededores, como si se estuviera asegurando de que no hubiese testigos cerca.
Empecé a preocuparme.
—No me parece que sea una buena idea —comencé, aunque claro, nadie me prestó atención.
—Debe ser gente adinerada —sopesó Bash con calma—, mi familia también lo era. Teníamos muchas propiedades y muchas de ellas estaban sin uso. No las visitabamos durante meses, muchas de ellas ni siquiera las conocí.
Una parte de mi, apenas un eco en mi mente, se sorprendió de que él trajera a colación a su familia porque, hasta donde sabía, él no tenía una. Nunca me había hablado de ella, ni ahora, ni cuando éramos niños. Tendía a ser hermético respecto a ese tipo de cosas.