Capítulo veintitrés

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Elena propuso enterrarla

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Elena propuso enterrarla.

—Un lugar agradable —dijo con suavidad.

—No —Bash ni siquiera nos dirigió la mirada—. Es gastar energía y tiempo. No tenemos ese lujo.

Elena chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Entonces él se volteó y nos miró con los ojos entrecerrados.

—Escúpelo, anda —la exhortó con fastidio—, prefiero que me lo digas en mi cara y no que lo andes comentando a mis espaldas con el resto.

Y fue como si hubiera encendido una mecha. A la expresión de Elena acudió una furia que solo había tenido la oportunidad de ver pocas veces. Su expresión me recordó a la pelea que había tenido con Tony en Tok; en ese momento creí que nadie estaba destinado a ganarle a Elena, cuya voluntad se mantenía inquebrantable. Mas quien tenía enfrente ahora no era un niño de catorce años, no. Sebastian era un muro de orgullo e indiferencia que no daría su brazo a torcer con facilidad.

—Dejarla es inhumano —ella cuadró los hombros y se plantó frente a él—. Se merece algo más digno.

—No la conocemos de nada —argumentó él, sin perder la compostura—. Dio la casualidad de que la encontramos, pero no es nuestra responsabilidad hacer nada.

Elena dejó salir una risa de incredulidad.

—¿Acaso te escuchas? ¡Ella no es solo una cosa para dejarla tirada!

—Está muerta. Enterrarla o no no cambia eso. Es lo mismo decir que no existe. Además, ¿a quién le importa? Porque te aseguro que a ella ya no.

Me di cuenta de que las manos de Elena temblaban a sus costados y por un segundo, creí que lo golpearía. No la habría culpado y tampoco la habría detenido. Podía entender la postura de Bash, de la misma forma que era capaz de entender el deseo de Elena. Honestamente, había muchas formas más inteligentes para abordar la cuestión y ambos lo sabían; no era extraño que se lanzaran comentarios ácidos o tuvieran encontronazos cuando algo les desagradaba del otro, pero por lo general nunca dejaban que eso escalara más allá. Siempre asumí que los dos entendían que pelear no era lo más sensato, sobre todo si debían compartir espacio en un viaje tan largo. A menos que alguno de ellos estuviera pensando en marcharse y tomar un camino separado.

Fruncí el ceño y di un paso al frente.

—Podríamos intentar honrarla con flores o algo —me hice oír entre la tensión palpable. Sus mirada me atravesó como misiles y tuve que contenerme de no recular sobre mi posición—. Yo... Podría ser algo sencillo. Bash tiene razón —Elena se crispó—, no tenemos los recursos ni el tiempo para enterrarla, pero tampoco es correcto dejarla sin más.

Ambos consideraron mis palabras con cuidado. Elena no dijo nada al principio, sin embargo Bash sí: puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos como quien no quiere la cosa.

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