Después de mañana, no volvería a saber nada de él.
Eso me repetía. Pero mentía.
—Arrodíllate —dijo de pronto.
Mi cuerpo se tensó. No era una petición.
Era una orden. Una más.
Cerré los ojos un instante. Solo debía obedecer, como siempre.
Solo fingir.
Pero cuando me arrodillé frente a él, algo cambió. Elijah no se movió. En lugar de tocarme, se inclinó y me levantó el rostro con dos dedos, obligándome a mirarlo.
—No bajes la mirada —ordenó, con voz baja—. No aquí. No conmigo.
Su tono no era cruel, era... distinto.
Era como si me estuviera pidiendo que recordara quién era antes de que el Brulet me deshiciera.
Mi respiración se volvió irregular.
Podía sentir su proximidad, el calor que emanaba de él.
Me esperaba el golpe, la humillación, el castigo.
Pero no llegó.
Solo me observó, y por un segundo me pareció que el monstruo también estaba cansado de serlo.
—¿Qué piensas del dolor? —preguntó.
No supe qué responder.
En el Brulet, el dolor no se pensaba. Se sobrevivía.
—El dolor enseña —continuó, respondiéndose a sí mismo—. Algunos lo buscan, otros lo temen. Pero solo unos pocos lo entienden.
El dolor y el placer... no son enemigos, Aurora. Son espejos. Ambos te muestran quién eres de verdad.
Su voz era ronca, casi hipnótica. Y lo odié por eso. Por hacerme escucharlo.
Por hacerme sentir algo que no debía sentir.
Elijah se levantó, rodeó la habitación, abrió un cajón y sacó una pequeña fusta. La colocó sobre la cama, pero no la usó.
—Quiero ver si aún queda algo de ti ahí dentro.—susurró con una voz lobuna—Si el Brulet no te ha devorado del todo.
Mi garganta se cerró. No sabía si quería gritar o llorar.
—Y si no queda nada... —añadió con calma—, entonces lo crearé desde cero.
Dio un paso hacia mí. Su mano se posó sobre mi mejilla, apenas un roce. Un contacto tan suave que dolió más que cualquier golpe.
No sabía si quería apartarlo o acercarme.
—Mírame —susurró.
Lo hice. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía. No como un objeto, no como una víctima... sino como algo que aún podía arder.
Y sin meditarlo desabrochó su pantalón.
Joder.
Metió su polla en mi boca, era lo suficientemente grande cómo para hacerme arquear al arremeter con fuerza.
Agarro un puñado de mi cabello y lo enredo en sus manos, él metía y sacaba su polla de mi boca.
No podía evitar comenzar a mojarme por eso, verle agitado y que le gustaba lo que hacía me fascinaba.
—Verdammt, wie gut du bist.—dijo en alemán.—Du wirst vor Schmerzen schreien, weil du es so gut gemacht hast, Schatz.
Eso me había excitado.
Era una extraña sensación, eran millones de sensaciones.
Me sentí bastante sucia al decir que podría disfrutarlo, después de tantos hombres que me envestían diarios, orgasmo fingidos, uno tras otro.
Me levantó con fuerza y me tiró en la cama, fue un movimiento bastante desprevenido no pude siquiera colocar mis manos para amoldar el golpe.
ESTÁS LEYENDO
Brulet (+21)
CasualeACTUALMENTE EN CORRECCIONES Obedecer y siempre brindar placer. Podemos hacer tus fantasías realidad, en el Brulet. No importa cuánto grites o intentes huir, el Brulet siempre será más fuerte y donde te escondas te encontrará. -Eres mía, Aurora. ...
