Capítulo 3

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Al subir a mi habitación, mi cuerpo pesaba.

No podía creerlo.

No podía ser cierto.

El jerarca lo sabía.

Lo había permitido.

Ese hombre podía matarme, y él lo había permitido.

—¡Aurora, te están esperando! —gritó Caín desde abajo.

Coloqué en un bolso improvisado la lencería que necesitaba y bajé rápidamente.
En un movimiento brusco, mi cuerpo chocó con la pared. Su mano, firme y helada, se cerró en mi cuello.

—Mi preciosa Aurora —susurró Caín, acercando su rostro al mío—, solo quería recordarte lo que les sucede a las chicas que desobedecen. —Apretó más mi cuello—. La obediencia siempre será la mejor opción. No pienses, no hables, no hagas nada. A nadie le importa lo que una mujer tenga para decir.

El aire se escapaba de mis pulmones.

—¿Recuerdas la última vez que intentaste huir del Brulet? —preguntó, divertido.

Claro que lo recordaba.
Fueron muchas las veces que intenté escapar.

Una vez creí que lo lograría: me escondí en la cajuela del carro de Caín. Estuve a punto de lograrlo... hasta que él abrió la cajuela. Un guardia le había avisado de mi ausencia en la habitación y antes de salir por el gran portón, el auto se detuvo y solo al escuchar el click de la cajuela mi mundo se detuvo. 

Ese fue mi peor castigo. Azote tras azote. Tres hombres envistiéndome, entrando y saliendo una y otra vez. Suplicaba piedad, pero ellos repetían con voz fría: La obediencia será recompensada con piedad, la rebeldía con crueldad.

Caín soltó mi cuello y bajó su mano hasta mi sexo, introduciendo los dedos sin permiso.

Intenté apartarlo, pero con su otra mano volvió a tomarme del cuello.

—Si el jerarca me dejara domarte, perderías esa mirada de rebeldía. —Movió sus dedos antes de sacarlos y me sonrió con asco—. Ese aire de querer asesinarlo todo a tu paso.

Una lágrima rebelde escapó de mi ojo.

—Te estaremos esperando mañana, Aurora. Espero no tener que verte en pedacitos —dijo burlón—. Aunque, no te preocupes... aún en pedacitos me haría una buena paja.

Quise vomitar.

Sabía lo jodido que estaba Caín.

Sabía lo jodido que estaban todos.

El Brulet sacaba lo peor de cada uno. Allí, hasta el más enfermo tenía un lugar, podía ser comprendido, incluso admirado.
Porque allí cualquier fetiche, cualquier fantasía, podía hacerse realidad... aunque costara la vida.

Y ahora me tocaba a mí.

Irme con un hombre que podría tener cualquier deseo, cualquier oscuridad.

Caín me acompañó hasta la puerta donde me esperaban.

Me quedé quieta un instante antes de entrar. Observé el interior del Brulet.

Algo iba a salir mal, lo sabía.

—Obediencia —susurró Caín—. Entre menos quieras saber, entre menos hables, todo estará bien.

Su mano me apretó el brazo con fuerza antes de entregarme.

Entré con la vista baja. Una de las reglas del Brulet: no mirar a los ojos a los compradores.
Sumisión ante todo. Las rebeldes eran un reto... y los hombres allí amaban los retos.

Brulet (+21)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora