Era él. Era Elijah.
Ese chico era él.
Tal vez por eso Elijah se había tomado tantas molestias conmigo, o tal vez simplemente había visto algo que le obsesionó en el Brulet. No lo sabía.
¿Por qué dejó de venir al Brulet?
Él había sido mi refugio, mi compañero en las cosas pequeñas que aún quedaban: risas robadas, corrupciones evitadas, la sensación de que no todo estaba perdido.
Un golpe suave en la puerta me sacó del silencio.
—Adelante —dije, sin mucha convicción.
Abrieron y pensé que sería Scott; en su lugar apareció Elijah. Lo observé más tiempo de lo que me permitió la decencia. Él parecía extrañado, como si esperara otra reacción.
—¿Está todo bien? —preguntó.
Bajé la mirada y asentí.
—Scott te traerá ropa; vístete rápido. Vamos a buscarte algunas cosas —dijo, sin mucha convicción.
No quería salir. Quería encerrarme en la habitación hasta inventar un plan para incendiar el Brulet. Aun así asentí, entornando los ojos. Él cerró la puerta y vino hacia mí. Mi pulso quiso salirse del pecho.
—¿Qué quieres, Elijah? —pregunté.
Sonrió al escuchar su nombre.
—Te ves bien por la mañana —dijo despacio—. Esa palidez... tu cabello... te queda bien.
Me sonrojé.
Maldito idiota.
Posó la mano en mi mejilla; la caricia fue apenas un roce y, contra mi voluntad, cerré los ojos.
—Aurora, ¿quién fue? —dijo en voz baja—. Dímelo y prometo que lo haré pagar. Solo dilo.
Abrí los ojos. Sentí la oportunidad de decirlo todo, pero no lo hice.
Si alguien castigaría a Caín, sería yo. Quería verlo suplicar. Quería romperlo con mis propias manos.
—No lo harás —respondí con firmeza—. Yo me encargaré.
Se sorprendió, y por un segundo sus rasgos se suavizaron.
—Puedes dar miedo cuando te lo propones, pequeña —susurró—. Estate lista: en treinta minutos vengo por ti. No me hagas esperar.
Salió sin añadir nada. Elijah era un enigma.
¿Valía la pena entenderlo?
Lo dudé.
Scott llegó con dos mudas de ropa: un vestido largo rojo y un conjunto más deportivo —jeans y sudadera roja—. Opté por los jeans. Las cicatrices no necesitaban hablar más; prefería que no fueran el centro de miradas curiosas. Me calcé unos tenis blancos y bajé en silencio.
En el pasillo me topé con el anciano que había visto la primera vez: su comentario fue despectivo en alemán. Lo ignoré y corrí a la entrada. Scott me señaló el auto; Elijah aún no estaba. Había golosinas en una cajita: las devoré hasta que me sentí satisfecha.
Elijah llegó, serio. Se sentó junto a mí, y durante todo el trayecto solo su celular pareció existir entre nosotros. El auto paró; su humor mejoró como si algo se hubiera arreglado dentro de él.
—Compraremos vestidos, tacones y todo lo que quieras —dijo con voz segura.
—¿Y si no quiero? —respondí sin ganas.
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Brulet (+21)
De TodoACTUALMENTE EN CORRECCIONES Obedecer y siempre brindar placer. Podemos hacer tus fantasías realidad, en el Brulet. No importa cuánto grites o intentes huir, el Brulet siempre será más fuerte y donde te escondas te encontrará. -Eres mía, Aurora. ...
