Unos amigos encuentran una antigua caja de madera hecha a mano. Tiene unos detalles en relieve muy bonitos. Dentro encontraron cartas, postales y una hoja doblada; era muy dura para ser papel normal. Era un mapa con coordenadas y palabras sin sentido. Tenía algunas X, parecía un mapa del tesoro. La casa que heredaron de su abuelo no era del otro mundo; es una casa baja con tres habitaciones, dos baños y un salón comedor. El fallado, si se pone decente, se podría usar de despacho o gym. Tiene un pequeño desván, donde tenía las herramientas su abuelo y donde pasaba casi todas las tardes arreglando cosas o jugando al poker con amigos. Esos recuerdos se quedarán siempre en la memoria de todos los que pasaron por esa casa. Mis amigos se quedaron con ganas de saber más sobre el mapa.
Mis amigos son un poco entusiastas con estas cosas. De pequeños, jugábamos a juegos de Rol y a videojuegos tipo Zelda. Nos flipábamos con Indiana Jones. Los 80 al mando. No creo que ese mapa sea nada, mañana le diré a mamá si sabe algo sobre el tema. Después del trabajo, fui a casa de mi madre para ver lo que sabía sobre el mapa y demás cosas. Al llegar a casa de mi madre, veo que ya están dentro mis amigos: Sergio, Diego, David, Simón y yo. En la pandilla somos más, pero nosotros cinco somos uña y carne. Una vez en el salón, le di a mi madre la caja y la abrió, empezando a ver las cosas que había allí dentro.
"Eran cartas escritas a la abuela cuando estaba en el frente. Estaba la medalla que le dieron por su Honor en combate. Salvo a dos cabos y un almirante. También hay alguna carta de algún amigo, supongo que será de cuando estaba en el ejército. Y después el mapa, según recuerdo ver al abuelo horas y horas con este mapa y hacer anotaciones en un cuaderno. La abuela le decía mil veces que perdía el tiempo con ese mapa. Por casualidad, ¿no sabrás más de ese mapa, no? Cuando era niña, tu abuelo siempre me contaba historias relacionadas con el mapa, es decir, me enseñaba el mapa y me decía que de este punto al otro, y empezaba a contar historias, a cada cual más loca. A mí me gustaba que me contara esas historias."
Al ver a mi madre así de pensativa, me arrepentí de traerle la caja. Mi madre se levanta como un resorte, va a su habitación y coge una caja de zapatos super antigua y la baja. Se sienta y la abre. "Aquí tienes el cuaderno con el que tu abuelo se pasaba horas y horas apuntando cosas de ese mapa." "Gracias." Al final, mis colegas y yo pusimos un día a la semana para quedar en mi casa y ver lo del mapa. Los viernes eran el día señalado. Quedamos a eso de las 22:00. Cada uno traía algo para comer o beber. Esto ya me recordaba a los tiempos cuando jugábamos a dragones y mazmorras.
Desenrollo el mapa, lo pongo en la mesa. Todos nos quedamos mirando. "¿Alguien sabe de dónde es este mapa?" dice Sergio. "Son de unas montañas", dice Diego. "¡Qué listo!", dice David. "Es del monte do galiñeiro", dice Simón lleno de razón. "¿Y el resto del mapa?" dije. Todos me miran como si hubiera chafado el momento. Gracias al diario de mi abuelo, pudimos saber dónde era exactamente donde estaban todas las X del mapa. El sábado salimos muy temprano para hacer una acampada en la primera zona. Era un sitio enorme en el monte, nos pusimos a analizar el mapa y la zona.
En los mapas modernos no ponía nada de que aquí hubiera una cueva. Pero, por casualidad y después de andar horas, encontramos una cueva; la entrada estaba cubierta de silvas y ramas. Con un machete, pudimos limpiar la entrada. Entramos; la cueva desprendía un olor a menta, supongo que será porque en la entrada hay muchas plantas de menta, nunca había visto tantas. Una vez dentro, todo estaba muy oscuro. Sergio saca de su mochila la linterna que más alumbraba de la historia. Es como las linternas que anuncian en la teletienda. Y sí, puedo decir que alumbra que te cagas.
Nos adentramos un poco más, sin saber lo que nos esperaba después de cada paso. Aunque la linterna de Sergio alumbraba como si fuera de día, íbamos a paso de tortuga. Llegamos a un saliente, no era muy alto. Una vez abajo, seguimos como dos kilómetros más y llegamos a una especie de sala. En la pared de la cueva ponía "Donde lloran los ríos y se bañan las ninfas". Leí en voz alta. Después de estar pensando, "Eso no es la cascada del brujo, ¿era a pocos kilómetros de aquí?", dijo Diego.
Salimos de la cueva y nos dirigimos a la cascada que decía Diego. Si te fijabas bien, desde nuestra perspectiva parecía un rostro llorando y desde el otro lado ese mismo rostro, el agua parecía la barba. Después de horas andando por los alrededores, otra vez por casualidad, vimos unos símbolos en las rocas. Fui a ver en el diario de mi abuelo a ver si estaba anotado; son símbolos celtas. Según mi abuelo, ahora hay que ir al dolmen donde están las bestias.
Llegaron al dolmen; tenía un agujero por el cual, cada atardecer, se colaba el sol y señalaba un punto. Nos pusimos a cavar. Encontramos una caja; dentro, un papel con unas coordenadas. Se pusieron en marcha. En las coordenadas, no encontraron nada, solo árboles y más árboles. Como estaba anocheciendo, pasamos la noche aquí. Al día siguiente, con el sol de la mañana, todo parecía diferente. Buscamos y buscamos, pero nada. Un poco más adelante, donde tenía mi tienda, vi en un tronco algo que me desconcertó. Me acerqué y vi un pedazo de corteza que se podía sacar. En esa corteza, había un escrito que decía: "En los jardines del pazo se ve la tierra desde la luna." Todos quedamos intrigados.
Una vez en casa, le di vueltas y vueltas a lo del jardín del pazo. El sábado siguiente, quedamos otra vez todos juntos. Todos estábamos buscando el jardín del pazo o ambos, y nada. Cuando nos íbamos a dar por vencidos, vi el diario del abuelo; decía que desde la luna se ve el jardín del pazo. Buscamos en internet las parcelas de la luna y lo vimos claro. Hay muchos informes y artículos que hablan de una parcela exactamente igual en la luna que en la tierra. Fuimos a ver la parcela. En esa parcela, había un pazo que perteneció a Julio Verne, y en los jardines de atrás, el jardín se parecía a la silueta de la luna. Entramos en el laberinto del jardín. Una vez en el medio, si le da el sol de pleno, se ven unas siglas: SAR.
Después de un complicado análisis, las pistas nos llevaron a un viaje a través de selvas peligrosas y ruinas olvidadas. Llegamos a Argentina, al cono de Arita, una pirámide natural que encierra mil historias y leyendas. Entramos siguiendo las pistas que encontramos y fuimos escudriñando pista por pista. Llegamos a una sala sin salida. Se empezó a inundar, y con astucia, logramos salir con vida. Por donde se filtró el agua, pudimos salir y ver una cámara más pequeña; en medio, una caja de piedra y dentro, las monedas perdidas de barba roja. Y así es como fuimos descubriendo más tesoros gracias al diario y al mapa de mi abuelo
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Relatos Diversos #CheyllsAwards
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