En una antiguo almacén, reacondicionado para convertirse en la base de operaciones de cartel de Juárez en Miami. Eduardo Domínguez se encontraba disfrutando de la compañía de dos hermosas mujeres en la habitación que habían acondicionado para él.
Había pasado la tarde bebiendo, consumiendo drogas y teniendo sexo con esas dos jóvenes que pertenecían a los burdeles que el cartel tenía por el país. Estaba disfrutando de otra sesión de sexo con una de las chicas cuando alguien lo tomó por los hombros y lo tiró al suelo. Él se levantó iracundo queriendo matar al imbécil que se había atrevido a hacerle eso, pero su rabia desapareció cuando vio de quien se trataba.
- ¡Vístete! Tu padre ya viene y si te ve así, te va a ir mal – explicó Fabian. El segundo hombre al mando en el cartel – ¡y saca a esas mujeres de aquí! A menos que quieras que él las mate como a tus putas anteriores – advirtió esto mirando para las jóvenes quienes tenían una expresión de terror.
- Lo esperaba mañana – respondió Eduardo mientras se ponía una bata – si hubiera sabido que venía, lo hubiese ido a buscar.
- Adelantó el viaje – explicó el hombre – ya sabes cómo es de impaciente.
- Está bien. Señoritas ha sido un placer pero me temo que tienen que marcharse. Mis hombres las devolverán al agujero de donde salieron – explicó el joven mientras pasaba una mano por la cara de una de las chicas.
- ¿Y nuestro pago? – preguntó una con la voz casi en, un susurro por el miedo que le causaban esos dos hombres.
- Ya yo me encargo de eso Eduardo, ahora ¡Vete a cambiar! – ordenó Fabian con premura mientras pasaba la ropa a las prostitutas – señoritas si aprecian su vida ¡Muévanse!
Eduardo fue a su vestidor, tomo un par de prendas, se vistió rápidamente y bajo a la sala de operaciones para esperar a su padre. Pronto Fabian lo acompaño. El hombre puso una mano en el hombro del muchacho para que se relajase. Sabía el terror que Luciano Domínguez causaba en su hijo.
Él lo había visto crecer entre las palizas que su padre le daba por cualquier nimiedad. Con la excusa de que así, se transformaría en un hombre y llevaría el cartel con mano de hierro cuando él no estuviese. Pero en el fondo, Fabian sabía que en ocasiones solo lo hacía por el mero placer de ver a su hijo sometido.
Los minutos pasaron y ponto las puertas del almacén se abrieron. Entraron varias camionetas de las que se bajaron varios hombres. Todos ellos se pusieron en dos filas para hacer un pasillo al último hombre salió de una de las camionetas.
Luciano Domínguez con su paso imponente caminó entre sus hombres como si de un militar de alto rango se tratase. Iba vestido con ropa elegante aunque de colores llamativos. Llevaba encima un montón de oro que demostraba su estatus y una hebilla con dos pistolas dibujadas en ella.
En su cara se podía ver una profunda cicatriz que le marcaba un lado. También su ojo izquierdo era inservible, ya que la mujer que le causo esa herida se encargó de hacer el mayor daño posible. Pronto llegó al lugar donde se encontraban Fabian y su hijo el cual se acercó a recibirlo con cautela.
- ¡Padre! no te esperaba hasta mañana – expresó Eduardo mientras estrechaba la mano de su padre.
- Decidí adelantar el viaje para ver qué es lo que te está tomando tanto tiempo – respondió el mafioso a su hijo, el cual agacho la cabeza – ya Hernando me paso la información de la familia Wilson y mi pregunta es ¿Por qué aun no los han atacado? – preguntó el hombre en tono frio, mirando a su hijo de forma amenazante.
- Estos días ha habido más movimiento del normal en la casa Wilson padre, han contratado un nuevo equipo de seguridad y han reforzado la seguridad de la casa – respondió Eduardo intentando justificarse.
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Sombras del pasado
RomantizmUna experimentada guardaespaldas con un trágico pasado es contratada para proteger a la caprichosa hija de un multimillonario. Esta ha sido amenazado por un peligroso cartel mexicano. El choque entre las dos fuertes personalidades de las mujeres ha...
