Esa misma tarde. En su todoterreno negra. Eduardo Domínguez volvía con sus hombres al centro de operaciones del cartel. El aún estaba bastante sorprendido por la revelación de Sara sobre su verdadera identidad. La joven se había mostrado como un faro luminoso en un mundo tan oscuro como el suyo. Recordándole que podía hacer cosas buenas, como le había dicho su madre cuando era niño.
El hombre sonrió ante ese recuerdo cálido de su madre acariciándole la cabeza, mientras él la apoyaba en sus piernas. Ella le contaba un montón de historias sobre héroes que salvaban a las princesas y derrotaban a los villanos. Pero el no pudo ser el héroe de su madre.
Un día cuando el volvía de la escuela encontró una terrible escena en el salón de su pequeña casa. Su madre se encontraba tirada en el suelo, rodeada de un charco de sangre. Cuando Eduardo la vio, corrió hacia donde ella estaba y tomo su cabeza en su brazos, gritando por ayuda. La mujer aún estaba con vida y con las últimas fuerzas que le quedaban acaricio el rostro de su hijo.
- ¡Eduardo mi amor! – expresó su madre tan débil que fue un susurro.
- ¡Mamá no te mueras! ¡Mamá por favor no me dejes! – gritó el niño desesperado – ¡AYUDA! – pedía el niño sin que nadie viniera a socorrerlos.
- Eduardo mi amor. Prométeme que a pesar de todo, encontraras la manera de ser un buen hombre – pidió la mujer tomando la mano del chico.
- Te lo prometo mamá – dijo el niño sin poder contener el llanto.
- Vendrán tiempos muy oscuros para ti mi muchacho. Pero recuerda siempre esta promesa para encontrar el camino correcto – aconsejó la mujer con las ultimas fuerzas que le quedaban.
- Mamá yo te lo prometo, pero por favor no te mueras ¿Mamá? ¿Mamá? – preguntó Eduardo sin obtener respuestas. Entendiendo lo que había pasado.
Su madre había muerto en sus brazos, dejándole una última lección antes de partir.
Los días siguientes Eduardo, ayudado por los vecinos enterró a su mamá. fue un entierro sencillo, sin muchas florituras. Ya que ellos eran extremadamente pobres. Cuando el entierro termino, él se sentó en la entrada del cementerio sin saber que hacer o a donde ir.
Él siempre había vivido solo con su madre, ella no le había hablado de otros familiares que pudiese tener y con solo once años, no tenía mucha idea de cómo funcionaba el mundo. El chico seguía sentado, pensando sobre su futuro cuando una elegante todoterreno blanca se aparcó en frente a él. Del coche se bajaron dos hombres armados que vigilaban los alrededores, para después hacerlo un hombre vestido de forma sencilla pero elegante, este se acercó hacia donde él estaba y le ofreció su mano.
- Tu debes de ser Eduardo. Encantado. Mi nombre es Fabian González – dijo el hombre extendiendo su mano hacia el niño.
- ¿Como sabe mi nombre? – preguntó Eduardo tomando la mano del hombre.
- Tu papá me dijo que te llamabas así, él me mandó a buscarte – explicó el hombre en tono sereno.
- ¿Mi papá? Yo no sé quién es mi papá – dijo el niño sorprendido.
- El lleva años buscándote. Nos enteramos de tu paradero por la noticia de la muerte de tu madre – le explicó el hombre tranquilamente – lamento mucho lo que le paso a tu madre, ella era una buena mujer.
- ¿Conoció a mi mamá? – preguntó Eduardo sorprendido.
- Sí, la vi un par de veces cuando salía con tu papá – dijo el hombre sonriendo con añoranza.
ESTÁS LEYENDO
Sombras del pasado
RomanceUna experimentada guardaespaldas con un trágico pasado es contratada para proteger a la caprichosa hija de un multimillonario. Esta ha sido amenazado por un peligroso cartel mexicano. El choque entre las dos fuertes personalidades de las mujeres ha...
