Cuando cae la noche, en la oscuridad de su habitación, no le queda mas remedio que convivir con los fantasmas de su pasado.
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La peor parte de rehabilitación no era estar sobrio, sin dudas, la peor parte eran los fantasmas que me atormentaban, aquellos de los que intentaba huir sumergiéndome en el fondo de una botella o de un frasco de pastillas multicolores, aquellos que me perseguían por las noches en forma de recuerdos. Pase mis manos temblorosas por mis antebrazos sintiendo por debajo del pelaje las marcas del tiempo sobre mi piel, a mi mente venían como película la historia de cada cicatriz, recuerdos vividos de momentos dolorosos que llevaría grabados durante todo lo que me quedara de vida.
Detuve mis dedos en mis muñecas donde las marcas paralelas me llevaron a mi adolescencia, podía recordar perfectamente la primera vez que me infringiría una herida a mí mismo, mis padres habían estado peleando por horas, y en algún momento termine en el ojo del huracán, todo el veneno que tenían acumulado vertiéndose sobre mi hasta que simplemente fue insoportable, corri y me encerré en el baño sintiendo mi pecho arder de dolor, las lágrimas picando mis ojos, y el único pensamiento de que la vida sería mejor si no existiera, mi visión periférica captó la navaja de afeitar de mi padre, todavía podía sentir la euforia cuando vi las líneas carmesíes adornando mi brazo, por un momento fue como si el mundo a mi alrededor se hubiera desvanecido, solo quedaba yo y el picor de la hojilla contra mi piel.
Mis dedos siguieron subiendo y se toparon con las cicatrices redondas abultadas, un sonido ahogado parecido a una risa salio de mi boca, solo Beatrice Horseman podía castigar a un niño que se autolesiona provocándole mas heridas, fresco en mi memoria estaba aquel día de verano, estaba sentado en el sillón viendo televisión mientras mi madre estaba bebiendo y fumando como usualmente hacia, en algún momento me ordeno que le rellenara el vaso con hielo, regrese de la cocina con el vaso y se lo tendi, olvidando completamente las heridas frescas de mis muñecas, hasta que ella me tomo de la mano y expuso las heridas aun rosáceas, el pánico crecio en mi interior a medida que el silencio de mi madre se prolongaba, intente decir algo, pero antes de que cualquier palabra pudiera formarse, ella se saco el cigarrillo de la boca y lo hundió en mi piel, grite e intente alejarme, pero mi madre me sostuvo con fuerza mientras me decía que ella me mostraría el verdadero dolor. Un escalofrío recorrió mi columna al recordar cuantas veces hundió la punta caliente en mi piel antes de que se apagar por completo y me liberara de su agarre.
Seguí tanteando con las llemas y justo cuando llegue a la corva del codo se me corto la respiración, porque allí disimulado, tan pequeño como el piquete de un mosquito, estaba la cicatriz que mas me pesaba de todas, la marca de aquella ultima gran jerga con Sarah Lynn, cuando luego de haber acabado con todas nuestras opciones decidimos usar el Bojack que tenia en la guantera, podía verla allí frente a mi con la cuchara y la vela preparandolo como si fuera algo cotidiano, la forma en que nos extendimos el brazo mutuamente para hundirnos mas en esa espiral de decadencia en la que habíamos vivido por dias, la sonrisa soñadora que puso apenas la sustancia toco su torrente sanguineo me perseguirá hasta el final de mis días, porque nunca mas la volvería a ver sonreír.
Sentí las lágrimas derramarse mientras el peso de la culpa me presionaba contra el colchón, el dolor extendiendose por cada fibra de mi ser, haciéndome temblar al compás de los sollozos que salían de mi garganta, en definitiva lo peor de rehabilitación no era estar sobrio, era tener que vivir con las heridas de tu pasado, esas que quizás nunca podrían sanar.