Ella lo conocía mejor que nadie, sabia que no pasaría mucho tiempo antes que volviera a caer y aun así lo había dejado en Los Ángeles luchando solo contra sus demonios; ahora cada segundo que pasaba en incertidumbre era un castigo por eso.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Diane estaba sentada en el sofá de la sala de estar, con su mirada fija en algún punto pero perdida en la nada. Sus nudillos estaban blancos por la forma tan desesperada en que sujetaba su teléfono, hacía horas que intentaba comunicarse con alguien en Los Ángeles sin éxito. ¿Cómo era posible que nadie respondiera su llamada? Princesa Caroline podía usar dos teléfonos a la vez por Dios.
– Tranquila cariño – Dijo Guy mientras se sentaba en el sofá junto a ella y le extendió una taza de té. Por unos instantes miró el objeto casi como si fuera su peor enemigo, ¿y si soltaba su teléfono y alguien llamaba? – Por favor Diane necesitas calmarte, no podemos hacer nada por ahora – insistió el Bisonte. A regañadientes una de sus manos abandonó el teléfono y tomó la taza.
– Esto es mi culpa – Dijo ella mientras miraba el líquido ámbar – nunca debí irme, nunca debí dejarlo solo – se cuestionó a sí misma recordando todas las veces que había pasado antes. ¿Cuántas veces había rescatado a su mejor amigo del borde de la muerte?; si bien la última vez que hablaron él estaba sobrio y le había prometido que estaría bien, ella lo conocía mejor que nadie, sabía que no pasaría mucho tiempo antes que volviera a caer en el abismo. ¿Por qué había sido tan tonta de pensar que podía irse a Chicago y hacer una nueva vida?.
Su conversación el día que le informó que se iría pasó antes sus ojos como una película. Ella le había hecho prometer que estaría bien y él simplemente lo había hecho porque la amaba y quería que fuera feliz, porque no quería que se sintiera rehén de su decante vida; y ella le creyó, ilusionada detrás de unas gafas rosas ante la oportunidad de un nuevo comienzo, de ser feliz por una vez, pero ahora la incertidumbre la carcomía por dentro haciendo que se sintiera entumecida. Apretó la mano con la que sujetaba su teléfono; se sentía tan perdida e impotente sentada allí sin hacer nada, mirando por la ventana como la nieve caía, casi como si se burlara de ella al mantenerla atrapada en Chicago.
Por un momento quiso creen en Dios, quiso creer que un ser supremo estaba escuchando sus súplicas, que por fin su teléfono sonaría y sería Bojack excusándose por no haber contestado todas sus llamadas debido a que la resaca lo había hecho dormír hasta tarde, pidiéndole perdón por haberla preocupado de esa manera; así podría enojarse con él, gritarle, decirle lo egoísta que había sido al recaer y mantenerla con el corazón en la boca durante 7 horas, decirle que apenas la tormenta pasara volaría a Los Ángeles y volvería a poner su trasero en rehabilitación.
El sonido de su teléfono la hizo brincar, derramando el contenido de la taza que aún estaba sin probar en su mano. Rápidamente contestó.
– Bojack gracias al cielo por fin apareces– exclamó rápidamente por los nervios, el alivio colándose lentamente en su cuerpo entumecido.