Capítulo 24

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Aidan y Sandrine paseaban por el campo y por el pueblo. La pasaban muy bien juntos, solos y se cuidaban muy bien el uno al otro. Mientras, Randall y Natasha también hacían planes. A ella se le había ocurrido ir a Leeds para que Randall conociera a sus padres y él, por supuesto, aceptó.

Pasaron las semanas. Aidan y Sandrine volvieron a Mánchester. Randall y su novia también regresaron. Las dos parejas contaron cómo les había ido. Randall contaba que sus suegros lo aceptaron rápido. Sandrine empezó a tener síntomas de embarazo, pero no le decía nada a su novio, ya que no fue planeado y le daba temor que Aidan, debido a su edad, la abandonara. A causa de los síntomas, rechazaba muchas de las citas, lo que hizo que su novio empezara a preocuparse y entrara de nuevo en sus crisis. Esto causó qué le diera gripe como consecuencia de su escasa alimentación y bajas defensas. Además, dormía poco debido a que esperaba su llamada incluso a cualquier hora de la noche.

Mientras, Sandrine recibía apoyo por parte de su familia. El embarazo se confirmó después de hacerse una prueba e ir al doctor.

—¿Le has dicho a Aidan que estás embarazada o por qué ya casi no sales con él? —preguntó Katrina.

—No, y no sé cómo lo irá a tomar.

—Pues no va a dejar de llamar hasta que le digas qué pasa —señaló May con notable molestia.

—Nos va a volver locos de tanto llamar —se quejó Spencer—. Contesta el teléfono de una vez y dile que se vaya a la mierda.

—¿Quieres dejar de meterte? No voy a terminar con mi novio así nada más.

—Sandrine, ¿tú quieres tener a ese bebé? —preguntó May.

—En gran parte sí, pero tampoco quiero que esto sea una carga para Aidan. Él es muy joven para esto, y no quiero que mi hijo o hija nazca y crezca sin un padre.

—Te lo advertimos —le recordó su hermana mayor encogiéndose de hombros.

—No es el momento, May —la regañó su madre, y ella subió y bajó los ojos.

—Pero tú quieres tenerlo, no debería importarte lo que él pueda pensar —aconsejó su padre, retomando el tema.

—En todo caso, sabes que cuentas con nosotros —la apoyó Grace.

***

Randall estaba de camino a casa sosteniendo a Aidan, quien había vuelto a beber luego de curarse de la gripe y estaba lloriqueando al mismo tiempo. Puso la llave, y ambos entraron. Acompañó a su hermano menor al sofá, al mismo tiempo que Clarissa venía desde la cocina y se acercó a él. Se sentó a su lado mientras él estaba acostado de lado.

—Hola, mami, ¿mi Sandrine llamó?

—No, nada. Pero tú no deberías estar bebiendo otra vez. Estabas tan bien.

—Porque mi novia estaba conmigo. —Sorbió por la nariz—. Creí que me amaba, éramos tan felices, no sé qué hice mal ahora —sollozaba mientras su madre lo acariciaba.

Luego ella miró al mayor como buscando respuestas, pero le respondió con un encogimiento de hombros.

—Tampoco sé qué pudo haber pasado, a mí también se me hace rara la actitud de ella. —De repente, el menor de los hermanos se sentaba para luego levantarse—. ¿A dónde vas? —preguntó en parte sospechando la respuesta.

—Si mi novia no atiende mis llamadas o me cuelga, entonces voy a su casa. —Avanzó tambaleándose, pero su hermano se puso en el medio para detenerlo—. ¡Hazte a un lado, Randall!

—¡Aidan, deja de hacer escándalo! —lo retó su madre levantándose.

—¡¿Crees que te dejaremos ir en este estado?! ¡Lo único que vas a provocar es que Sandrine te deje! —intentó razonar mientras ambos forcejeaban.

Clarissa miraba la escena horrorizada y con las lágrimas brotándoles.

—¡No me importa en qué estado ir! ¡Quiero hablar de una vez con esa maldita perra traidora! —Logró empujarlo a un costado y fue directo a la puerta, pero Randall se le adelantó y se puso en la puerta—. ¡Randall, deja de meterte! ¡Pensé que esa tipa me amaba, pero al final es como todas las personas a las que quise y quiero! ¡Todo el mundo termina por traicionarme! ¡Seguramente hasta se acostó contigo a mis espaldas! —De repente se arrepintió de lo que había dicho, pero aun así recibió un puñetazo al término de la última palabra. Se calmó de a poco al mismo tiempo que sollozaba y miraba a su hermano de lado y algo cabizbajo, con los ojos rojos y llenos de lágrimas de tanto llorar.

Randall tenía la mirada clavada en su hermano con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y ambos brazos caídos con los puños cerrados por si tenía que darle otro golpe. Era la primera vez que le pegaba. Aidan lo abrazó y por suerte su abrazo no fue rechazado. Randall apenas tocaba a su hermano.

—Llora todo lo que quieras, pero no vuelvas a acusarme falsamente —advirtió en un murmullo.

—¡¿En serio crees que tu hermano pueda hacerte algo así?! ¡Él tiene a su novia y le es fiel!

—Perdóname, Randall. No, no quise de...decirte e...eso. Por favor, no le digas na...nada de esto a Sandrine, no quiero perderla —rogaba enterrando el rostro en el hombro de su hermano.

—Si no le dije la otra vez, creo que es bastante obvio que no le diré esta vez tampoco. —Suspiró—. Volvamos al sofá —dijo más calmado.

—Voy a hacerte un té —avisó su mamá mientras ellos llegaban al sofá, pero esta vez Aidan sólo se sentó con la cabeza agachada y los brazos sobre las piernas.

Randall fue al baño por el botiquín y volvió. Sacó agua oxigenada, algodón, gasa y curitas.

—¿Me perdonas, hermanito? —insistió con la voz quebrada, apenas audible y mirándolo de costado.

—Sí, Aidan. Ahora enderézate y ponte de frente.

Su hermano obedeció, y empezó a curarle la nariz. Clarissa volvió con una taza y la dejó sobre la mesa. Aidan la agarró y tomó apenas Randall terminó de curarle la nariz.

—¿Le seguiré gustando a mi novia con la nariz así? —preguntó mientras miraba la taza.

—Claro que sí, mi niño —lo consoló sentándose al lado de él—. Además, ese golpe se va a ir.

—Sólo asegúrate de no ser idiota la próxima vez.

Aidan asintió mientras seguía mirando el té y volvió a dar un sorbo.

Siguió llamando durante los siguientes días y seguía sin tener respuestas, además de dormir poco, hasta que un día, Sandrine decidió tomar su llamado.

—Mi amor, te extraño mucho, ¿por qué rechazabas mis llamadas todos estos días?, ¿por qué me colgabas? ¿Qué fue lo que hice?

—No hiciste nada malo —contestó con paciencia y entendiendo su desesperación—. No me estuve sintiendo bien últimamente.

—¿Qué te pasa?

—¿Podemos vernos mañana? Te prometo que no cancelaré esta vez.

—Sí, sólo dime dónde. —Sacó un papel suelto de una libreta y anotó mientras su novia le dictaba.

Luego se despidieron y colgaron. Se sentía más tranquilo después de por fin volver a hablar con ella, pero ahora tenía incertidumbre de saber qué le diría, qué le estaba pasando como para que no pueda decirle por teléfono.

Se vieron al día siguiente en el parque donde habían acordado. Ambos se besaron, aunque ella con un poco de duda, pero se dejó abrazar y apoyó su cabeza en su pecho. Luego se apartaron un poco.

—Mi amor, ¿estás bien? Estás pálido y con ojeras.

—No te preocupes por mí—respondió con suavidad, acariciándole el rostro—. Dime tú que sucede; te noto nerviosa.

—Aidan, yo...—se alejó un poco más, pero a un tomándolo de los brazos. Él la miraba atento, esperando escuchar lo que tenía que decirle—. Estoy embarazada —le reveló por fin.

Aidan se quedó atónito, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. Primero había dejado embarazada a Isabelle, estaba evitando a una futura hija, y ahora su novia actual también estaba esperando un hijo.

Tu hijaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora