Capítulo 27

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Se estaba acercando el cumpleaños de Aidan en noviembre. Como todavía no se mudaban, él y su novia decidieron festejarlo en casa de ella por tener más espacio. Estarían las dos familias y los amigos de él del restaurante. Spencer, por su lado, estaba en parte ansioso porque vería a Randall y a Natasha, aunque no lo demostraba en absoluto. Para disimular, cada vez que mencionaban el tema, resoplaba como de costumbre, subía y bajaba los ojos o directamente subía a la pieza apenas terminaba de comer y de dejar el plato sucio en la cocina. Pero, por otra parte, trataba de eliminar esos sentimientos. Una de las razones por las cuales no estaba a favor del noviazgo de Sandrine era la diferencia de edad. Sería muy hipócrita ponerse de novio en un año y unos cuantos meses con personas de casi 30 años, y encima con dos al mismo tiempo. ¿Dónde se había visto eso? Los noviazgos sólo eran de dos personas.

El día del cumpleaños llegó. Durante el desayuno, Nigel y Katrina le dijeron a su hijo que al menos por ese día no hostigara ni humillara a su cuñado o lo castigarían. Spencer aceptó a regañadientes.

Al mediodía, la familia de Sandrine recibió a Aidan y a su familia y amigos en su casa. Todos lo saludaron. El hermano de Sandrine, como siempre, saludó a la distancia y sin ganas. El joven tenía ganas de abrazar a Randall y a su mujer, pero sabía que debía contenerse. Se sentaron a la mesa en cuanto una cocinera les dijo que estaba lista la comida. Spencer se sentó frente a la pareja y cada tanto los miraba y desviaba la vista en cuanto estos lo miraban. Ellos seguían comiendo y conversando como si nada, mientras que él sólo seguía callado y comiendo de su plato.

Luego vino el postre.

—Cuando Aidan y Sandrine vivan juntos, mi hermano tiene que cocinar para todos —bromeó Randall.

Hubo algunas risas, hasta por parte del cuñado de Aidan, pero este miraba algo cabizbajo a Randall y a su novia.

—Ese día no pienso ni lavar los platos —contestó entre risas leves—. Y mi novia tampoco lo va hacer —agregó mirándola y acariciando su mano.

—¿Quieren que los lavemos por ustedes? —se ofreció Grace medio en broma, medio en serio—. No tenemos problema.

—Claro que no —rechazó Sandrine algo risueña—. Ninguno de nosotros lavó platos en un cumpleaños ni en fiestas de fin de año, y no vamos a hacer excepciones.

—¿Por qué no eres chef, Aidan? —preguntó Katrina.

—No me gusta estudiar y no recuerdo teoría.

—Nosotros también le dijimos que debería estudiar, pero no quiere —comentó Clarissa, señalando a su hijo mayor y a ella misma.

—Pues, algún día tenemos que probar tu comida —dijo Nigel.

—Sandrine nos habló muy bien de ella, y que le enseñas bien cuando va a tu casa —agregó Grace.

—En realidad, sólo aprendí a hacer un par de comidas, el resto se me quema —corrigió entre risas vergonzosas.

—Ay, no exageres —la contradijo su suegra—, sólo se te pasaron apenas y, aun así, muchas te salieron ricas.

—Cuando encontremos la casa y nos mudemos, cocinamos los dos y los invitamos —prometió Aidan—. En mi casa actual no entra tanta gente.

***

Aidan estaba abriendo los regalos, los cuales eran cassettes, abrigos, bufandas, guantes, camisas, playeras y perfumes para hombre. Había cosas tanto de marca como económicas, pero todas eran de su agrado. Se probó primero una playera arriba de la que tenía puesta y le quedó muy bien. Se la sacó y luego siguió con otras playeras, camisas y el resto de la ropa. Todo le quedaba a la perfección. Siguió con un reloj de marca, se lo probó en la muñeca y le gustó. Abrió los perfumes, los oleó y el aroma de cada uno se sentía bien. Estos eran tanto de las marcas sencillas que siempre había usado, como de marcas caras e internacionales. También había un par de libros de cocina. Mientras él abría los regalos y agradecía por ellos, algunos invitados seguían conversando.

Tu hijaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora