May estaba sirviendo en una mesa, se retiró y vio a Aidan levantando unos platos de otra mesa más lejos. Lo vio irse, fue y lo paró en el camino.
—Después de que vayas a la cocina, quiero hablar contigo —le comunicó la gerente.
—¿Es por el berrinche de hace un rato? Mira, si es por la discusión que tuve con mis amigos, eso no es asunto tuyo, con todo respeto.
—No hagas tantas preguntas y muévete —le ordenó haciendo un gesto con la mano.
Aidan siguió su camino largando un suspiro y subiendo y bajando las cejas, fue a la cocina a dejar los platos sin mirar a nadie y salió. May estaba afuera en la puerta de la cocina esperándolo.
—Podrías tratarme un poco mejor, ¿no? —reclamó—. Digo, ya no los hago enojar a ti y a tu papá, y...si es por lo de tu hermana, te aviso que no la hice sufrir nunca y nunca lo voy a hacer. Ya viste cómo me estoy portando acá. Tú y tu papá están viendo que no la engaño como a Isabelle. Sé que me porté muy mal, pero estoy tratando de mejorar.
—Sí, sí, acá quizás te portas como un santo, pero a mi padre y a mí no nos engañas. Tarde o temprano te vamos a descubrir. Mi hermana estará muy ilusionada contigo, con un niño, un mocoso, porque eso es lo que eres, pero mientras mi papá más te baje el sueldo, menos ganas vas a tener de salir con Sandrine.
—Ya dije que eso no me importa. Échenme a la calle si quieren, me importa un carajo, me consigo otro trabajo y punto. Yo voy a seguir saliendo con tu hermana, quien no me ve como un bebé.
—Debería. Sandrine tiene 25 años. Es una mujer, no debería perder su tiempo con una criatura como tú —dijo la encargada despectivamente—. Te alejas de mi hermana y punto. En casa no vamos a parar de convencerla. —Aidan la miró con la mirada dura, sin decir nada por segundos y dio media vuelta para irse—. No tan rápido.
Su empleado se detuvo, miró hacia atrás y volvió a girarse.
—¿Y ahora qué?
—¡Más respeto! ¿Crees que por salir con mi hermana puedes hablarme como quieras en el trabajo?
—Perdón, se me sa...—intentó disculparse.
—¡Cállate! —lo interrumpió abruptamente, haciendo sobresaltar a Aidan—. Escucha, que te quede claro que si yo fuera la dueña de este restaurante, hace meses que te hubiera despedido. Ahora sal de mi vista.
Aidan se retiró finalmente, aunque con los ojos empañados por la forma en que lo había tratado. Se encontró con su hermano, quien llevaba unos menús, pero pasó de largo directo a la bodega. Randall dejó las cartas en las mesas y fue en busca de su hermano, a quien encontró caminando de un lado a otro y lloriqueando. Se acercó a preguntarle qué le pasaba. Este al principio le dijo que no era nada, que lo dejara solo, pero al insistir, le terminó contando.
—Es una bruja, encima me dijo "niño" y "mocoso" y que Sandrine no debería perder tiempo conmigo —se quejó.
—Sí, sé que eso te enoja mucho, pero en parte tiene razón —admitió Randall.
—¡Ah, qué bien! Me desahogo contigo y te pones en mi contra —se indignó—. Mejor seguimos atendiendo a la gente. —Estaba por volver a entrar, y Randall lo agarró del brazo y lo trajo despacio para su lado.
—Espera, espera. Cálmate, ¿sí? —pidió pacientemente—. ¿Ves que te portas como una criatura? ¡Esas actitudes son de mocoso! Demuéstrale a todo el mundo que ya eres un HOMBRE, maldita sea, tanto que dices que ya estás grande y va a ser más fácil que la familia de Sandrine te acepte —le aconsejó Randall.
Aidan resopló.
—Bueno, está bien.
—Si te vuelven a tratar mal, te dicen cosas horribles, no les hagas caso, que te entre por un oído y te salga por el culo. Si tú y Sandrine se gustan, sigan adelante, no hagan caso a lo que les digan.
ESTÁS LEYENDO
Tu hija
RandomAidan es un joven promiscuo e impulsivo que trabaja en un restaurante junto a su hermano. Mantiene una relación inestable con Isabelle hasta que ella, cansada de sus actitudes, decide terminar con él. Poco después, Isabelle le revela que está embara...
