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Sarah.
Me enfermé.
Habían pasado dos días desde que fui a cenar con César. La comida del mar no le había caído muy bien a mi cuerpo: Me había intoxicado.
En parte no sabía si era que mi cuerpo pedía un descanso y por eso se puso débil al comer esa comida. No había dormido bien en días, pero los últimos dos, me la pasé en la cama, sin ganas de hacer nada.
Sin ganas de dibujar. Sin ganas de hablar. Sin ganas de absolutamente nada.
Trataba de no enojarme, porque eso no estaba en mis manos, pero no podía. Tenía muchas cosas que hacer, César había creado una agenda con reuniones que deberían tomar lugar ese mismo día, y al día siguiente. Obvio que no dudo en posponerlas, pero no me gustaba faltar a mi palabra ni cambiar mis planes a último minuto.
Me sentía como una irresponsable. Yo odiaba que alguien me cambiara los planes a último momento, así que sabía cómo se sentirían ellos.
Florencia entró a mi habitación sin tocar, y quise decirle algo, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Acepte la medicina que me pasó, y me la bebí bajo su atenta mirada.
— No me gusta que estés mal— su voz era suave—. Tenemos nuestras diferencias, pero eres mi sobrina y siempre voy a velar por tu bienestar.
¿A qué venía todo eso?
— Florencia. Ayude a Julie, pero no quiero que pienses que me debes...
— No hago esto pensando en Julie— sus palabras se escuchaban tan sinceras que empecé a dudar de todo, de mis sentimientos, de lo que pasaba en esta casa—. Yo sé que no pediste nada de esto. Sé que dejaste de ser una niña muy temprano para convertirte en una mujer.
Tenía razón. Alguien más que yo lo sabía. Toda mi vida creí que nadie me entendería. Por eso nunca hablé, nunca me quejé ante nada. Siempre trabajé duro para obtener las cosas, para ganar el amor de mi padre. Ese siempre fue el premio mayor, y nunca pude conseguirlo. Mi padre me veía como una máquina, como un hombre porque fue lo que siempre quiso.
¿De qué me serviría expresar lo que sentía? En un mundo donde cualquiera te puede escuchar, pero muy pocos pueden entenderte.
— Yo estoy bien— no lo estaba. Recordar mi pasado enterraba más las espinas en lo profundo de mi pecho, espinas que nunca podrían sacarse de ahí.
Me tomó por sorpresa su movimiento, y en menos de un segundo, estuve con mi cabeza en su hombro, y con ganas de llorar por sus palabras.
— No lo estás. Pero lo estarás.
No sabía qué decirle. Y aunque no quería, fui débil frente a sus ojos.
— Creí que haciendo todo lo que él me pedía lograría hacer que me quisiera.