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Ivar.
Mi vida siempre fue un desastre. Desde que era pequeño las personas a mi alrededor esperaban mucho de mí. Nunca aceptaron que yo era solo un niño, me sobre exigían, se metían en mi vida, me decían lo que tenía que hacer, como pensar, hablar, o sentir.
Pero nunca fui alguien que se apegará a las reglas de sus padres, especialmente a las de mi madre. La amaba, porque era lo natural, amarías a tu madre a pesar de todas las cosas. Pero amarla no me impidió alejarme. Decidí irme cuando estaba cansado de que quisiera imponer siempre su voluntad. Y cuando le cogí asco al encontrarla siéndole infiel a papá.
Cargaba con la culpa todos los días de mi vida, pero no tenía el valor de contárselo a mi padre. Yo sabía que él la amaba, y cuando amas a alguien, prefieres vivir ciego en una ilusión, a que saber que ese alguien que dice amarte te traiciona. Sabía que contarle a papá sería arruinar su vida, y callé. Pero las cosas me pesaron tanto que terminé marchándome con mi tío Marcus.
Y fui feliz, o eso creía. No lo sabía con exactitud, antes creí conocer la felicidad completa, pero estaba equivocado, la felicidad completa la tuve solo cuando ella entró a mi vida, como un torbellino que estaba dispuesto a arruinar todo. Sin saber sentir, sin saber amar, imponiendo su voluntad en todo.
Con sus labios carnosos, sus ojos verdes y su cabello sedoso. Era una mujer hermosa, desde la cabeza hasta los pies.
Pero era diferente.
Sarah era como el agua, fluía sin necesidad de apegarse a nada. Eso me asustaba. Lo hacía porque estaba perdido por ella. Yo siempre tuve mis sentimientos claros, me gustó desde la primera vez que la vi, me gustó su físico cuando vi esas fotos que me enseñó la policía, pero me gustó más quién era cuando la conocí.
Era una mujer sin límites en el mundo empresarial, pero llena de limitaciones cuando del amor se trataba.
Estaba consciente de que le daba miedo sentir. Después de todo, había sido criada por un monstruo, porque eso era su padre. Y tenía miedo, miedo de solo pensar que Sarah estaba hecha a su imagen y semejanza, porque eso me destrozaría y me haría sentir como un estúpido.
— No terminamos la película— Me digné a mirarla. Estaba bebiendo agua, y tres gotas cayeron desde sus labios. Me fijaba en esos mínimos detalles cuando de ella se trataba.
— Podemos terminarla después— Me puse en pie y la ayudé a ella.
Era hermosa, y simple. Era perfecta, dentro de ella misma, y fuera. Podía asegurarlo.
— ¿Tienes que irte?— Su voz fue débil, y sabía que le costaba hacer la pregunta. A ella no le gustaba demostrar lo que sentía, era tan contraria a mí que me sorprendía estar enamorado de ella, porque lo estaba.
Podría decir que era la mujer de mis sueños, pero estaría mintiendo. Sarah no era la mujer de mis sueños, porque yo nunca había soñado con tanto.