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Era un día bastante soleado, tanto que prefería estar a la sombra cada que podía. No había demasiado problema para obtenerla, pues las largas y tupidas ramas de los árboles tan al alcance de la mano ofrecían la sombra suficiente para aliviar la insolación de que estábamos siendo víctimas. Desde que recuerdo, el bosquecillo al que teníamos acceso me había parecido un lugar bastante tenebroso como para atreverme a entrar sólo, pero entonces no estaba solo, prácticamente nunca lo estaba, así que el temor también desaparecía.

— Escuché que hay lobos por aquí.

— No digas tonterías. —lo calmé, aunque era también una forma de calmarme a mí mismo, como si le hablara a otra parte de mí. Y en cierto modo, así lo era.

— Anoche escuché un aullido, fue muy claro. —replicó, a la vez que se sentaba al lado de un grueso tronco medianamente seco. La tierra estaba cubierta de hojas, una capa densa sobre la que brotaba el musgo y ofrecía un espectáculo de contrastes muy interesante.

Me senté a su lado, agotado tras varias horas de juego agotador por sí mismo, y acentuado por la intensa oleada de calor veraniego que caía sobre nosotros, como una especie de tortura. El bosquecillo era más fresco, como entrar a un mundo diferente, más agradable, donde los sonidos se hacían más nítidos, pero eran sus propios sonidos, no los que uno se encontraría al ir hacia la calle. Predominaba el crujir de las ramas, el aleteo y el canto de las aves en lo alto, alguna escurridiza ardilla, y algún otro animal desconocido. Lo que evidente es que no había lobos (me confortaba saber que no los había, aunque eso no eliminaba la posibilidad de su existencia).

— No lo creo Charlie, debió ser un perro, ellos también aúllan. —le expliqué. No podía permitir que se instaurara dentro de mí un miedo irracional, y mucho menos sin fundamento. Podíamos tener 6 años, pero yo no era un estúpido, o al menos me gusta creer que no lo era, y en cierto modo, eso basta, creerse algo es suficiente para que esa idea crezca, a veces descontroladamente, y que detenerla se vuelva una tarea mucho más que imposible.

— Yo sé lo que escuché, estoy bastante seguro.

— No es que te llame mentiroso, pero, ¿has visto alguno?

Charlie movió la cabeza en señal de negación, una actitud en realidad pensativa, un intento de disimular alguna idea ingeniosa, aunque viniendo de él, era casi una tentativa bastante peligrosa. Aunque eso no significaba que yo no accedería. Él era el ingenioso, el arriesgado, el que me susurraba alguna tontería por el simple hecho de divertirnos, y aunque al final, ambos acabaríamos con algún golpe en la cabeza y llenos de lodo, sumado a un castigo, valía la pena, siempre lo valía.

— ¿Qué tal si vamos más al fondo? —soltó de pronto, y dejó de mover la cabeza. Su sonrisa ofrecía una supuesta seguridad, temeridad que ni él mismo era capaz de creerse, pero que tampoco lo detenía. A esas alturas, conocía perfectamente su implicación en mí, y sabía también que, si no se mostraba lo suficientemente seguro, no acabaría por convencerme. Y aunque no le gustase admitirlo, tampoco es como si pudiese hacer sus propuestas temerarias él solo, me necesitaba a mí, nos necesitábamos uno al otro.

— No estarás hablando del...

— Bosque, por supuesto que hablo del bosque. —Estalló, sus ojos brillaban con una emoción inusitada— Quiero saber qué hay más allá.

Sin levantarse de su cómodo lecho de hojas y musgo, extendió el brazo hacia las penumbras que se extendían, y ante la visión aterradora, me pareció ver extrañas figuras formadas por las ramas bajas, algunas eran manos con dedos y garras alargadas, brazos extendidos, rostros con parcas sonrisas y colmillos blancos, y parecían invitar a entrar, como si nos esperasen con los brazos abiertos, pero sólo para aferrarse a nuestro miedo infantil y atarnos en aquella oscuridad delirante.

Todo lo que he querido decirteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora