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Comandante

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Deidara:

Camino lentamente, aunque el oficial que va delante de mí ya se encuentra varios metros por delante.

Los silbidos y las vulgaridades que los demás reclusos gritan al verme pasar frente a sus celdas ya no me importan en lo absoluto.

No es la primera vez que piso un lugar como este.

Mi plan marcha perfectamente y, cuando me propongo algo, siempre consigo lo que quiero.

Siempre.

Así que no dudo ni por un segundo.

Llegamos a una celda.

Es tan sucia que un escalofrío me recorre apenas la veo. El olor a humedad y encierro se mezcla con el aire viciado del pasillo.

El celador ni siquiera espera a que pueda asimilarlo. Me empuja dentro, cierra la reja y se marcha sin dedicarme una sola mirada.

Me quedo de pie durante unos segundos.

Finalmente, camino hasta la plancha de cemento que permanece vacía. Me siento y observo con asco aquello que, al parecer, será mi nuevo hogar.

Frente a mí hay otro hombre.

No hace más que mirarme.

Lo ignoro.

—¿Extranjero?

Levanto la mirada hacia él.

Tiene los ojos apagados y el cuerpo delgado, casi consumido por el encierro.

No.

Definitivamente no hay nada que necesite de él.

Giro el rostro y me niego a responder.

—Ese color de cabello y tus ojos... Te harán pasarlo realmente mal.

Sonrío.

—¿Tú crees?

—Tu acento... ¿De dónde vienes?

—¿Te importa?

—Esa actitud tampoco te ayudará.

—Deja que yo me preocupe por eso.

Sonríe.

—Claro. Solo tómalo como un consejo. No estás en casa de mamá y papá. Aquí van a destruirte.

Sonrío nuevamente, pero no respondo.

Me recuesto sobre la plancha de cemento y cierro los ojos.

Dejo que mis pensamientos se alejen de aquel lugar.

Pasan un par de horas.

Comienzo a aburrirme, pero intento mantener la calma.

Esto apenas comienza.

La reja de nuestra celda se abre.

Una hilera de oficiales avanza por el pasillo, abriendo las demás celdas una tras otra.

—Es el pase de lista —me informa mi compañero.

Se pone de pie y sale.

Sé que debo hacer lo mismo, así que lo imito.

Un oficial, con varios documentos entre las manos, pasa frente a cada uno de los reclusos y pregunta sus nombres y cargos.

Pasan los minutos.

Aproximadamente media hora después, llega mi turno.

El oficial se detiene frente a mí.

Me observa.

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