Hasta mañana

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Deidara:

Me esposaron las manos detrás de la espalda y uno de los oficiales me sujetó del brazo con firmeza, obligándome a caminar.

Atravesamos un largo corredor rodeado de oficinas.

Finalmente, el oficial se detuvo frente a una puerta.

La abrió y me empujó al interior.

Levanté la mirada.

Y ahí estaba él.

Sonreí.

—Sabía que vendrías... Aunque, para ser sincero, no esperaba que fuera tan pronto.

Itachi permaneció sentado detrás del escritorio.

Su expresión era seria, casi impenetrable.

No respondió.

En cambio, miró por encima de mi hombro hacia los dos oficiales que me habían escoltado.

—Déjennos solos.

Uno de ellos dudó.

—Comandante...

Mis cejas se alzaron ligeramente.

¿Comandante?

Aquello era nuevo.

Miré nuevamente a Itachi.

Él no apartó la mirada de los oficiales.

—Déjennos solos.

Esta vez no hubo discusión.

Los dos hombres intercambiaron una mirada y finalmente obedecieron. La puerta se cerró detrás de ellos.

Silencio.

Entonces volví a mirarlo.

Así que ese era su nuevo puesto.

Y, por lo visto, tenía autoridad suficiente para hacer que todos los demás abandonaran una habitación con una sola orden.

Interesante.

Itachi señaló una silla.

—Siéntate, Deidara.

Miré la silla.

Después mis manos esposadas.

Él pareció comprenderlo.

Se levantó, rodeó el escritorio y apartó la silla para facilitarme el movimiento.

Pero no me senté.

En lugar de eso, me acerqué lentamente.

Quería comprobar cuánto podía provocarlo antes de que perdiera aquella calma impecable.

Me detuve a poca distancia de él y sonreí.

Itachi retrocedió apenas, desconcertado por mi actitud.

—Hueles a cigarro...

Incliné ligeramente la cabeza.

—¿Me dejarías uno?

Me observó durante unos segundos, como si intentara decidir si estaba hablando en serio.

Finalmente metió una mano en el bolsillo de su uniforme y sacó una cajetilla.

La levantó frente a mí.

—¿Te molestaría?

Le mostré las manos esposadas detrás de la espalda.

Itachi comprendió.

Sacó un cigarrillo y lo acercó a mi rostro.

Sonreí al verlo intentar mantener aquella expresión indiferente.

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