~ 2 ~
Sasuke
El auto iba muy rápido.
Demasiado.
No podía ver nada, pero la velocidad se sentía directo en el centro de mi pecho. Las curvas bruscas me lanzaban de un lado a otro como si no pesara nada, como si fuera solo un objeto más dentro de la camioneta.
Estaba aterrado. Tanto que, por un momento, sentí que podía orinarme encima. Pero mi orgullo no me lo permitiría.
Si mi familia llegaba a encontrarme muerto con un disparo en la frente, bien.
Pero muerto, con un disparo en la frente y meado… no.
Eso no iba a pasar.
El trayecto fue largo. Calculo unas dos horas. Lo único que logró mantenerme relativamente tranquilo fue el auricular que seguía puesto en mi oído izquierdo. Mi lista de reproducción sonaba baja, constante, y me ayudaba a mantener la ansiedad a raya. Al menos lo suficiente para no perder la cabeza por completo.
La camioneta se detuvo.
Eso me puso en alerta, aunque no había mucho que pudiera hacer. Escuché varias puertas abrirse. Pasos. Voces apagadas. Luego, la puerta a mi lado se abrió y unas manos sujetaron mis brazos con fuerza. Me bajaron de la camioneta y me arrastraron con ellos.
El cambio brusco de temperatura y tres escalones mal calculados que me hicieron tropezar me indicaron que habíamos entrado a algún edificio. Caminamos un poco más. Escuché el sonido de puertas corredizas. El rechinar del metal era pesado, áspero, como si no se abrieran con frecuencia.
Me hicieron bajar unas escaleras. Avanzamos otro tramo y, nuevamente, una puerta se abrió. Esta vez solo me empujaron hacia adelante.
Caí de lleno contra el piso.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.
Solo quedamos mi respiración agitada y yo.
Con esfuerzo logré ponerme de rodillas. Con las manos atadas a la espalda y sin poder ver nada, no había mucho más que hacer.
Pasó poco más de una hora.
Lo supe porque el cuerpo se cansa de estar tenso, y luego vuelve a tensarse de golpe cuando escucha una puerta abrirse.
Otra vez esas manos torpes me arrastraron por el camino que ya conocía. Esta vez no subimos las escaleras. Caminamos un poco más, lo suficiente para darme cuenta de que el lugar era grande.
Entramos a otra habitación. Avanzamos unos pasos y me obligaron a detenerme. El hombre que aún sujetaba mis brazos arrancó la venda de mis ojos.
Cerré los párpados con fuerza cuando la luz me golpeó de frente. Me ardieron. Parpadeé varias veces hasta que pude abrirlos por completo y empezar a observar lo que me rodeaba.
Era una habitación de paredes verde olivo. Tres sofás de cuero negro rodeaban una gran pantalla. En una esquina había un minibar. Al fondo, justo frente a mí, un escritorio amplio con una silla de cuero grande y cómoda.
Había un hombre sentado allí.
No llevaba camisa. Sus pies descansaban sobre el escritorio. Giraba lentamente una bebida en su mano mientras sostenía un cigarrillo en la otra. Me observaba con una expresión seria, casi aburrida. Bajó los pies, volcó el resto del alcohol en su boca y se puso de pie con calma.
Medía entre un metro ochenta y uno noventa.
Yo, con mis humillantes uno setenta, me sentí absurdamente pequeño frente a esa mole.
Avanzó hacia mí con pasos lentos y seguros. Cuando estuvo frente a mí, pude ver las cicatrices y los tatuajes que cubrían su torso perfectamente trabajado. Mi mirada se perdió, sin querer, en un tatuaje sobre su hombro izquierdo: un pez koi dorado, brillante.
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Todo lo que pidas
Ação-Gracias, Sasuke... Sin ti no lo hubiéramos logrado. Me arrepiento. Dios... me arrepiento. Papá... Itachi... tenían razón. Naruto tomó mi mandíbula y me obligó a mirarlo. No había culpa en su rostro, ni miedo, ni siquiera parecía impresionado por lo...
