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—Come, —un plato fue arrojado a mí. Eran restos de comida que no parecían apetecible. Me dieron arcadas así que lo hice a un lado, el hombre que se llamaba Edgar se dio cuenta. —¿A la princesa no se le apetece desayunar unos huevos y waffles? —Su sarcasmo era apestoso, —¿Qué quiere desayunar la realeza? ¿Un filete o pan francés en su suite? —le lancé una mirada mordaz. Él me lanzó otra.

—Deja tu sarcasmo para otro día —dije molesta, había despertado con un dolor de espalda horrible y pasé la noche en un lugar frío y llenos de insectos que escuché toda la noche. No dormí hasta la madrugada, y ahora este idiota quería que desayunara unos huevos crudos y waffles quemados ¡Ja!

Su cabeza se inclinó para reír y entonces vi su tatuaje; era una serpiente que se enrollaba en su cuello y su cabeza terminaba en su clavícula. Era él, el mismo hombre que me había dejado inconsciente el día del robo de la tienda. Ellos eran los ladrones.

—¡Tú! —lo señalé, él se quedó mirándome extraño, pensando que me sucedía. —¡Son ustedes desgraciados! —le grité, para entonces ya tenía a todos reunidos ahí a excepto de Elías, el jefe.

—¿Qué sucede aquí? ¿Por qué gritan? —preguntó al llegar uno de los gemelos, creo que era Ben o Jair, no sabría decir.

—Ustedes son los ladrones de la Tienda Singer. —Les reclamé a todos, —Tú fuiste quien me golpeaste, maldecido. —Me dirigí a Edgar. Un fugaz recuerdo pasó por sus ojos, ahora ya lo comprendía.

—Ya decía yo de donde te me hacías conocida. —Río. Me levanté para lanzármele a golpes, pero caí al momento que lo hice, se me había olvidado que tenía sujetados los pies. —Eres la mocosa mirona.

—¡Idiota! —volvió a reír, me enfureció más. —¡Todos ustedes son unos bastardos!

—¿Que sucede aquí? —el jefe llegó y todas las miradas se clavaron en él. Se veía sumamente enojado.

—La chica está gritando. —Respondió Jair. Su mirada se dirigió a mí, no me intimidé cuando lo encontré cabreado conmigo. Subí mi pecho y dije:

—Ustedes asaltaron nuestras tiendas. —Si mi voz fuera fuego, ya habría quemado a todos aquí.

—¿Qué tiendas? —preguntó con voz filosa.

—Las Tiendas Singer. Ustedes robaron una de nuestras tiendas. —Sisee. Vi en sus ojos que recordó y su temperamento se calmó un poco, pero el mío no.

—Ya veo, —respondió.

—¿Ese es el dinero que Randy les robó? —pregunté.

—Déjennos solos. —Ordenó a todos. Se dispersaron como cucarachas, más rápidos de lo que pude verlos, una vez que estábamos solos habló: —Has recordado quienes somos, creí que nunca lo harías —fruncí el ceño. —Sabemos quién es tu familia y lo que poseen. —Me miró. —Soy un hombre de negocios. Cuando decidimos robar una de las tiendas a tu familia, no solo íbamos por el dinero que encuentras en las cajas, sino también encontramos la caja fuerte de la oficina del gerente, —sonrió —no somos unos simples ladrones —me guiñó. —Hubo algo que me llamó la atención.

—¿El dinero? —No sabía que había caja fuerte en la oficina de Angie, bueno no sabía mucho del negocio de la familia.

—Además del dinero que encontramos ahí, encontré una foto. —Dijo —Era tu foto, —ahogué una exclamación. —Cuando Edgar me dijo que tuvo que golpear a una chica y que Randy salió en tu defensa, me di cuenta quién era la chica. Le enseñé la foto que había robado de la oficina y me aseguró que era la misma. Entonces Randy me robó, —hablaba más como si fuera su dinero que el de los demás. —Apostamos todo el dinero que robamos en la Tienda Singer y el que los chicos habían ganado con sus carreras. Era una suma invaluable, mucho dinero. Y solo por un juego de póquer perdimos todo. Sé que hizo trampa y por eso quiero mi dinero de vuelta.

Randy (Trilogía La Apuesta I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora