Treinta y uno - No seas terco

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Narra Iván

El sonido de las balas retumbaba en mis oídos como si estuvieran estallando dentro de mi cabeza. Todo pasó tan rápido que no hubo tiempo de pensar, solo de actuar. Vi a Ovidio caer con un grito de dolor que me heló la sangre. Su brazo estaba cubierto de sangre que goteaba en la arena, pero no podíamos detenernos. Lo primero era escapar para atenderlo y mantenernos vivos.

—¡No te alejes de mí! —grité, abrazando a Nicole y prácticamente empujándola hacia la Defender. Sus manos se aferraron a mi camisa, temblando como una hoja en medio de la tormenta. A pesar del caos, me forcé a mantener la calma. Si yo me quebraba, todo estaba perdido.

Nini, con su rapidez de siempre, ya había comenzado a cubrirnos, disparando con precisión mientras avanzaba hacia los autos.

—¡Vámonos a la verga, ya nos cayeron! —rugió Nini, corriendo como si la muerte le pisara los talones.

Ovidio, con el brazo ensangrentado, se tambaleó antes de que Alfredo lo empujara al asiento del copiloto de su camioneta. No me gustó cómo se veía, pero no había tiempo para detenernos.

—¡A la Defender! ¡Tú conmigo! —ordené a Nicole, levantándola del suelo casi sin esfuerzo y asegurándome de que subiera al vehículo.

Intentó protestar, sus ojos mirándome llenos de preocupación por Ovidio, pero la tomé del brazo y la empujé al asiento.

—Confía en mí. Él estará bien —dije, intentando sonar más seguro de lo que realmente me sentía.

El motor rugió cuando pisé el acelerador, el vehículo saltando sobre el camino de tierra mientras el sonido de las balas se desvanecía detrás de nosotros. A través del retrovisor, vi a Nini disparar a las llantas de la patrulla que nos seguía. Su puntería fue perfecta, y la camioneta policial perdió el control, saliéndose del camino en medio de una nube de polvo.

—Ya quedó. —La voz de Nini sonó tranquila por el radio—. Váyanse directamente a Culiacán. Llamen al doctor para que vea a Ovidio.

Asentí, aunque nadie podía verme, y marqué al número del médico mientras manejaba. El corazón me martilleaba en el pecho, pero debía mantenerme enfocado.

—¿Sí? —respondió la voz del doctor, tan calmada como siempre.

—Prepárate, Ovidio está herido. Necesito que estés en el rancho en una hora —hablé rápido, directo, como de costumbre.

—En una hora estaré allí. No te preocupes, Iván.

Colgué, apretando el volante mientras miraba de reojo a Nicole. Estaba pálida, con los ojos vidriosos, pero no decía nada. Sus manos temblaban sobre sus piernas, y yo sabía que estaba intentando procesar todo lo que acababa de suceder.

—Iván... ¿crees que Ovidio estará bien? —preguntó, su voz quebrándose al final.

—Va a estar bien —respondí con firmeza, aunque las dudas me carcomían por dentro—. Ahora lo importante es que lleguemos rápido.

El resto del camino fue un silencio incómodo. Sabía que Nicole estaba preocupada, pero yo no podía permitirme el lujo de consolarla ahora. La prioridad era mi hermano.

Al llegar al rancho, el doctor ya estaba esperando en la entrada con su equipo. La Defender frenó en seco, y Alfredo y Nini sacaron a Ovidio con cuidado, aunque él seguía protestando, como siempre.

—¡Estoy bien, cabrones! ¡No necesito ayuda! —gruñó, intentando apartarlos con el brazo sano.

—¡Déjate de pendejadas! —le gritó Alfredo, claramente perdiendo la paciencia.

Obsesionado - IAGDonde viven las historias. Descúbrelo ahora