Cuarenta y uno - Pastelada

1.6K 105 0
                                        

Narra Nicole

—Estoy segura —respondí con una sonrisa juguetona, ajustando la toalla alrededor de mí—. Además, ¿qué mejor remedio que un buen baile contigo?

Iván negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa mientras se acercaba a mí. Sus manos rodearon mi cintura, acercándome más a él.

—No sé si sea el mejor remedio, pero si quieres bailar, yo no te voy a negar nada, mami —dijo con un tono bajo y seductor.

Sentí su mirada fija en mí, esa que siempre lograba acelerar mi corazón. Me puse de puntitas para rozar su mejilla con un beso y me alejé antes de que pudiera atraparme entre sus brazos.

—Pues más te vale no negarte, porque esta noche quiero verte lucir esos pasos que tanto presumes —bromeé, guiñándole un ojo antes de dirigirme al armario.

—No te preocupes, Nicole. Hoy vas a ver que conmigo, ni la cruda te detiene. —Su tono era confiado, y esa seguridad me hacía sonreír cada vez más.

Mientras buscaba qué ponerme, Tyson se asomó al cuarto de nuevo, como si no quisiera quedarse fuera de lo que estuviera pasando. Iván lo levantó, sosteniéndolo como si fuera un cachorro común y no un pequeño tigre.

—Mira, Tyson. Tu mamá quiere ir de fiesta otra vez. ¿Qué opinas de eso? —dijo, como si el animal pudiera responder.

No pude evitar reírme, negando con la cabeza.

—Iván, deja de usar a Tyson como excusa para sermonearme. Mejor apúrate.

—Claro que vamos, pero bajo una condición. —Se acercó lentamente, dejando a Tyson en el suelo antes de acorralarme contra la pared. —Quiero verte sonreír como cuando hablas con tu hermano, solo que esta vez, que sea por mi culpa.

Lo miré a los ojos, sintiendo un cosquilleo recorrerme mientras su voz resonaba en mi mente.

—Siempre es por tu culpa, Iván —susurré, sin poder evitar sonreír.

Y con eso, él me robó un beso que no dejó lugar a dudas de quién era el único capaz de ponerme de buenas, sin importar la cruda o lo que hubiera pasado anoche.

Después de todo lo que había pasado en la mañana, me sentía más tranquila. Agradecía que Iván estuviera a mi lado cuidándome, pero no iba a dejar que la cruda arruinara el resto del día. Ahora que me sentía mejor, decidí arreglarme y ponerme algo lindo. Quería verme bien, aunque fuera solo para pasar el rato con los demás.

Abrí mi armario y busqué entre la ropa hasta que encontré un vestido corto color rojo obscuro que me encantaba. Era ajustado, de tirantes y con un pequeño escote en la espalda. Sabía que Iván no se quedaría callado cuando me viera, pero justo eso era lo divertido.

Me maquillé ligeramente, algo sencillo pero que realzara mis ojos. Me alisé el cabello, dejándolo caer en ondas suaves sobre mis hombros. Una vez lista, me miré al espejo y sonreí satisfecha.

Cuando salí del cuarto, el ruido de risas y música me indicó que los demás ya estaban pasándola bien. Caminé hacia ellos con tranquilidad, pero antes de llegar, sentí unos ojos clavados en mí.

—¿Y tú para dónde o qué? —escuché la voz de Iván detrás de mí, con un tono entre curioso y divertido.

Me giré para mirarlo, y al instante noté cómo su sonrisa habitual se transformaba en una mezcla de sorpresa y algo más difícil de descifrar. Sus ojos recorrieron mi figura de arriba abajo.

—Voy afuera con los demás, ¿por qué? —respondí con una sonrisa inocente, dando un par de pasos más hacia él para provocarlo.

—¿Y con ese vestido? —preguntó, arqueando una ceja mientras se cruzaba de brazos.

Obsesionado - IAGDonde viven las historias. Descúbrelo ahora