Treinta y nueve - Cruda

1.7K 115 1
                                        

Narra Ivan

Estábamos todos cansados después de la fiesta. La música seguía sonando a lo lejos, pero la gente ya comenzaba a dispersarse. Algunos se metieron a sus cuartos, otros se fueron directo a sus casas. Yo, sin embargo, no podía dejar de pensar en Nicole.

Cuando entré a la habitación, la vi allí, recostada, ya en su lugar. Pero su vestido, tan corto, se había subido un poco mientras se acomodaba para dormir, dejando a la vista más de lo que yo esperaba. No pude evitar soltar una pequeña risa al verla, tan tranquila y ajena a lo que sucedía.

Me quité la ropa lentamente, sin hacer ruido, y me acerqué a su cama. Me incliné un poco hacia ella y susurré su nombre con suavidad.

—Nicole... ¿quieres que te ponga la pijama? —le pregunté, sabiendo que aún estaba algo dormida.

Ella, sin apenas abrir los ojos, me contestó con un tono dormido y borracho.

—No... solo quítame el vestido, Iván. —Su voz era tan suave, que tuve que escucharla dos veces para asegurarme de que me había entendido.

Me reí un poco, pero con cariño. La vi en ese estado y me sentí extraño, pero feliz. Le quité el vestido con cuidado, sin querer incomodarla. Quedó en ropa interior de encaje negro. Y aunque mi mente quería hacer muchas cosas, lo único que quería en ese momento era cuidar de ella.

Me acosté a su lado, sentí su pierna moverse y la puse suavemente sobre mí. Ella se acurrucó en mi pecho y, sin pensarlo, la rodeé con mis brazos, tomándola por la cintura. La acaricié con suavidad, como si nada más existiera en el mundo. Todo lo que necesitaba estaba allí, junto a mí.

Nicole, entre sueños, volvió a cantar esa parte de "Flor hermosa". Estaba tan borracha que apenas podía articular las palabras, pero aún así lo hizo. Mi sonrisa creció al escucharla, tan tierna, tan nuestra.

—"Si las estrellas del cielo pudieran hablar..." —musitó, apenas audible, pero lo suficiente para que yo lo escuchara.

Su voz me llegó al alma. No importaba cuánto hubiera pasado en la noche, ni lo que hicimos antes; lo único que importaba era que ella estaba allí, conmigo. Cerré los ojos, dejando que el cansancio me invadiera. No pude evitar sonreír mientras la abrazaba, sintiendo que por fin todo tenía sentido.

Y así, mientras la música seguía de fondo y la noche caía, me estaba quedando dormido junto a ella, sintiéndome más feliz que nunca.

Me eché hacia atrás en la cama, sintiendo el peso de la noche y de todo lo que habíamos vivido. Miraba a Nicole, recostada junto a mí, acurrucada en mi pecho. Sonreí con suavidad, disfrutando de la paz que me daba tenerla tan cerca. Era todo lo que quería en ese momento: ella, tranquila, a mi lado.

—Descansa, mami —le susurré, acariciando su cabello con ternura.

Pero de repente, sentí algo extraño. Unas gotas frías cayeron sobre mi pecho. Mi primer instinto fue mirar hacia abajo, y ahí estaba Nicole, con los ojos cerrados, pero con lágrimas resbalando por su rostro.

Me sobresalté un poco, sin entender qué estaba pasando. Mi corazón latió más rápido, preocupado. Le levanté la cabeza con suavidad y le pregunté, casi en un susurro.

—¿Nicole? ¿Qué pasa? —mi voz sonaba baja, llena de preocupación.

Ella me miró por un momento, con una expresión borracha y perdida, como si no estuviera completamente consciente de lo que pasaba. Sin embargo, lo siguiente que dijo me dejó sin palabras.

—Te amo tanto... demasiado —susurró, con una voz entrecortada por las lágrimas que seguían cayendo, y su cara estaba tan tierna, tan vulnerable, que me dolió verla así.

Obsesionado - IAGDonde viven las historias. Descúbrelo ahora