Cuarenta y siete - Doctor

1.3K 120 8
                                        

Narra Iván

El sol apenas empezaba a colarse por las ventanas, dibujando líneas doradas sobre las paredes del cuarto. Mis ojos se abrieron despacio, todavía algo adormilado, pero fue inevitable sonreír al ver a Nicole junto a mí, su rostro relajado y su respiración tranquila. Parecía un sueño, uno del que no quería despertar.

Me giré hacia ella con cuidado de no hacer ruido, apoyando la cabeza sobre mi mano para observarla mejor. Su cabello estaba desordenado, cayendo sobre su rostro, y su mano descansaba sobre su vientre, como si instintivamente protegiera la nueva vida que ahora compartíamos.

Era tan surrealista pensar en eso. Hace unas semanas, no tenía idea de que mi vida estaba por cambiar de esta manera, y ahora, aquí estaba, con todo el mundo reducido a este cuarto y a ella.

No pude evitarlo. Acerqué mi mano a su rostro, apartándole un mechón de cabello, y mi toque debió despertarla porque sus párpados comenzaron a moverse.

—¿Ya hasta me estás viendo dormir? —murmuró con la voz ronca por el sueño, abriendo los ojos apenas para mirarme.

—¿Y qué si sí? —le respondí, dejando caer un beso en su frente.

Sonrió, medio adormilada, y sus ojos se iluminaron apenas al enfocarse en mí.

—Eres un intenso, Guzmán.

—¿Y tú? —bromeé, bajando la mano por su rostro hasta acariciar su cuello. Ella se estremeció bajo mi toque, pero no se alejó—. Desde anoche te estás robando mi atención, ahora mi cama... y dentro de poco, hasta mi corazón completo.

—¿Tu corazón? —repitió, alzando una ceja y tratando de sonar seria, pero su sonrisa la delataba—. Eso ya me lo robé hace rato, nomás no te habías dado cuenta.

Me reí bajo, inclinándome para besarla suavemente. Era imposible resistirme cuando tenía esa mirada y esa actitud que me volvían loco.

—Lo que tú quieras, mi amor. —Mis labios se deslizaron hasta su mejilla y luego hacia su cuello, haciendo que soltara un pequeño suspiro—. Pero tú y yo tenemos que levantarnos tarde o temprano, ¿no crees?

—¿Para qué? —contestó, abrazándome por la cintura y apoyando la cabeza en mi pecho—. Aquí estoy bien, contigo.

Y la verdad, no podía contradecirla.

El resto de la mañana pasó entre risas y caricias, hasta que finalmente nos levantamos. Nicole insistió en que no hacía falta apresurarnos, pero yo estaba ansioso. Hoy teníamos nuestra primera cita con el doctor, y aunque trataba de no demostrarlo, los nervios me carcomían por dentro.

Mientras ella se preparaba, yo la observaba desde el marco de la puerta, hipnotizado por la manera en que se arreglaba, con movimientos tranquilos pero llenos de esa elegancia natural que tanto me atraía. Me sorprendía verla tan serena, mientras yo apenas podía mantener mis manos quietas.

—¿Qué tanto me ves? —preguntó, girándose para mirarme.

—Nada, nomás me pregunto cómo tuve tanta suerte contigo.

Ella rodó los ojos, pero sonrió. Esa sonrisa era mi debilidad.

Minutos después, íbamos en la camioneta, con su mano entrelazada con la mía sobre la consola. El camino hasta el consultorio fue tranquilo, aunque a mí me parecía eterno. Nicole se dedicaba a calmarme, como si pudiera sentir lo tenso que estaba.

—Todo va a salir bien, Iván —dijo suavemente, apretando mi mano—. No hay de qué preocuparse.

—Ya sé, pero... es la primera vez. No sé qué esperar.

Obsesionado - IAGDonde viven las historias. Descúbrelo ahora