Una noche increible

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La puerta del piso se cerró con un leve clic. Violeta y Chiara intercambiaron una breve mirada, sus rostros aún ligeramente sonrojados por el beso que habían compartido en el portal. La tensión entre ambas seguía palpable, como si ninguna quisiera romper el hechizo que se había formado en el camino.

Chiara dejó las pizzas sobre la mesa del salón, pero en lugar de sentarse, se giró hacia Violeta, que permanecía de pie cerca de la puerta.

—¿Siempre tienes este efecto en la gente? —preguntó Chiara, su tono burlón, aunque su voz era más baja de lo habitual.

Violeta rió nerviosamente mientras avanzaba un par de pasos hacia ella.

—¿De qué hablas? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—De cómo haces que todo lo demás desaparezca. —La inglesa se acercó, reduciendo aún más la distancia entre ellas. Sus ojos verdes brillaban bajo la tenue luz del salón, y Violeta sintió cómo su respiración se aceleraba.

—No soy solo yo... —murmuró la pelirroja, y antes de que pudiera terminar la frase, la pelinegra acortó la distancia entre ambas, tomando su rostro con delicadeza y besándola.

El beso fue diferente al del portal. Este no tenía prisa ni dudas. Las manos de Violeta se deslizaron por la cintura de Chiara, atrayéndola más cerca mientras sus labios se movían con una intensidad que ambas habían estado reprimiendo durante días. Chiara, por su parte, dejó que sus dedos se enredaran en el cabello de Violeta, profundizando el beso.

Cuando Violeta dio un paso hacia atrás, su espalda chocó suavemente contra el borde de la mesa, y Chiara aprovechó para colocar sus manos a ambos lados de ella, atrapándola con su cuerpo. Sus labios apenas se separaron mientras sus respiraciones se mezclaban.

—Vivi... —susurró Chiara, su voz ronca. —Me haces perder la cabeza.

Violeta sonrió contra sus labios, sus dedos aferrándose a la tela de la camiseta de Chiara.

—Quédate esta noche. —Su tono no era una pregunta, sino un ruego.

Chiara abrió la boca para responder, pero el sonido de la puerta principal abriéndose las hizo separarse de golpe. Ambas giraron la cabeza justo a tiempo para ver a Nuria entrando con una bolsa de supermercado. Su mirada pasó de Violeta a Chiara y luego a las pizzas sobre la mesa, pero su sonrisa cálida desarmó cualquier posible incomodidad.

—¡Mis chicas favoritas! —exclamó mientras dejaba la bolsa sobre la encimera y extendía los brazos.

—Nuri... —Violeta se acercó primero, sonriendo mientras aceptaba el abrazo. Era cálido, reconfortante, como siempre lo era Nuria. La inglesa observó la escena desde la mesa, algo tensa pero sin saber muy bien por qué.

Cuando Violeta se apartó, Nuria se giró hacia la morena, quien, aunque parecía un poco nerviosa, no pudo evitar sonreír.

—Y tú debes ser la famosa Chiara. —Nuria abrió los brazos y, sin dudarlo, la abrazó brevemente. —Encantada de conocerte. He oído hablar mucho de ti.

—Espero que cosas buenas. —La inglesa respondió con una ligera risa, relajándose un poco más.

—Por supuesto. Aunque ahora tengo curiosidad por conocerte en persona. —Nuria sonrió y miró a Violeta. —¿Eso que huele es pizza? Porque si es así, necesito una invitación oficial para quedarme.

Violeta rió, rápidamente cogiendo un plato extra de la cocina.

—Por supuesto, siéntate con nosotras. Hay de sobra. —Violeta le lanzó una mirada de complicidad a Chiara, quien asintió con una pequeña sonrisa.

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