El dolor de estar haciendo lo correcto

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Chiara dejó el móvil sobre la mesa del comedor y suspiró. Había leído el mensaje de Violeta al instante, y su primer impulso había sido decir que sí. Quería verla, claro que sí. Pero algo la detuvo. El peso de la noche anterior, las palabras no dichas, las dudas que seguían revoloteando en su cabeza.

Sabía que Violeta estaba lidiando con muchas cosas, que su corazón aún tenía piezas que encajar. Y aunque quería estar allí para ayudarla, también sabía que ella misma estaba comenzando a sentir cosas más profundas de lo que había planeado. ¿Era seguro avanzar en esto cuando todo aún era tan frágil?

Cogió su guitarra y se sentó en el suelo, intentando ordenar sus pensamientos a través de la música y proseguir lo que comenzo la noche anterior. Los acordes fluyeron lentamente, su ritmo reflejando la confusión que sentía. Comenzó a tararear la melodía y las palabras empezaron a formarse sin esfuerzo.

"Quiero acercarme,

pero el miedo siempre está.

No quiero perderte,

pero no sé si puedo esperar."

El eco de su voz llenó la habitación vacía, y aunque la canción no le ofrecía respuestas, al menos le daba un lugar donde dejar todo lo que sentía. Cuando terminó, apoyó la guitarra a un lado y se dejó caer sobre la alfombra.

—Lo estoy haciendo por nosotras. —Murmuró, como si decirlo en voz alta pudiera convencerla del todo.

El sonido de la puerta de la habitación sacó a la guiri del aura que había creado.

—¿Se puede? —preguntó Ruslana desde el otro lado de la puerta.

—Sí —respondió la inglesa.

La pelirroja, acompañada de Martín, abrió la puerta y se encontró a su amiga sentada en la cama, aún en pijama.

—Cualquiera diría que la que salió de fiesta ayer fuiste tú —bromeó Ruslana, intentando abordar a su amiga, a quien evidentemente le pasaba algo.

—Kiki, no has desayunado —añadió Martín, sin disimular el motivo de su visita.

Un pequeño silencio se instaló entre ellos. No era incómodo; los chicos esperaban algún tipo de respuesta de la pelinegra, quien seguía sumida en sus pensamientos. Finalmente, sin decir nada, se levantó y los abrazó a ambos al mismo tiempo.

—Os quiero —susurró.

—¿Todo bien? —preguntó Martín en un tono bajo, visiblemente preocupado.

—Sí, perdonadme —respondió ella con un tono más animado—. Gracias por preocuparos siempre

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